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domingo, 1 de abril de 2012

Capítulo Nueve

Al mediodía del día siguiente a San Valentín, cinco horas después de haber despertado sola, Lali estaba sentada en el sofá, cambiando de un canal a otro del televisor. Vestida con un chándal viejo y unos calcetines gordos de lana, se sentía tan desaliñada como estaba. El cielo gris del exterior reflejaba lo que pasaba en su interior.


Había quedado desolada al descubrir que él ya se había ido, pero el sentido común le decía que era lo mejor. Le había ahorrado el bochorno de lo que sin duda se habría convertido en una despedida con lágrimas. Con un suspiro, apagó la tele y se obligó a reconocer la razón de su abyecta tristeza, porque sólo podía haber una explicación de por qué sentía como si le hubieran extirpado el corazón.

Se había enamorado.
-Lali: ¡Argh! —cerró los ojos y dejó caer la cabeza en el respaldo del sofá.
«Fantástico, Lali». Si enamorarse en el momento inoportuno del chico inoportuno fuera una prueba olímpica, ella ganaría la medalla de oro. Su única esperanza era que ese ataque de amor se desvaneciera pronto. Quizá un baño caliente y un poco de chocolate la ayudaran a superarlo.

Oh, sí… eso la ayudaría. «No». En su mente se materializó una imagen de los dos en la bañera y gimió. Y probablemente durante los próximos cincuenta años, cada vez que comiera chocolate pensara en Peter. Suspiró, se puso de pie y fue al cuarto de baño, decidida a echarse agua fría en la cara y despertar de una maldita vez. Tenía que leer un capítulo antes de su clase de esa noche. No había nada como un par de horas de química orgánica para apartarle la mente de Peter y su corazón maltrecho. Se concentraría en la universidad y se olvidaría de él. Era un plan excelente.

Entró en el cuarto de baño, encendió la luz. Luego miró el espejo. Y reculó aterrada. Parecía algo que ni siquiera los cachorros querrían enterrar en el patio. Su pelo era el nido de una rata, salía erizado en todos los ángulos. Tenía los ojos hinchados con manchas de rimel debajo. Piel pálida, con surcos de lágrimas, la nariz roja… cielos. Seguía aterrada cuando sonó el timbre. Los cachorros comenzaron a ladrar con furia y los oyó correr hacia la puerta.
-Lali: Tranquilos —dijo al entrar en el pequeño recibidor.

Como era su costumbre, miró por las ventanillas que flanqueaban la puerta. Y se quedó helada. Durante unos tres segundos.

Luego abrió y miró a Peter en mudo asombro.

Capítulo Ocho



Durante la elegante cena, en el restaurante de cinco tenedores, del Delaford, Lali sintió como si la hubieran dividido en dos. Una parte disfrutaba de la fabulosa comida de siete platos, de la atmósfera romántica, del delicioso champán y de la estimulante conversación con Peter; pero otra parte de ella se encontraba consumida por la incesante cuenta atrás interior mientras su cerebro repetía: «Se va mañana. Es nuestra última noche juntos».

Capítulo Siete



Las siguientes dos semanas pasaron tan rápidamente, que Lali sintió que fue en un parpadeo. El día de San Valentín amaneció brillante y despejado y dedicó la mañana a trabajar en su turno del spa del Delaford y luego en ir a ver a un cliente de camino a casa. Y, mientras tanto, pensó en lo único que había ocupado su cabeza en esas últimas dos semanas.

Capítulo Seis



De pie delante de Peter, sin otra cosa que su mejor sonrisa seductora, vio cómo sus ojos se iluminaban por el deseo, llenándola de poder y satisfacción femeninas. No cabía duda de que a él le gustaba lo que veía. Estaba impaciente por ver qué haría al respecto. Pero en vez de apagar ese infierno que había encendido dentro de ella, no hizo movimiento alguno para tocarla y la miró de arriba abajo. Sintió esa pausada inspección como una caricia. Cuando sus miradas volvieron a encontrarse, él comentó con voz ronca:
-Peter: Eres como un regalo sin desenvolver —le acarició la clavícula— Y ni siquiera es mi cumpleaños.
Antes de que ella pudiera decir algo, sus labios se posaron en los suyos. Con los dedos pulgares le frotó los pezones, un contacto ligero que provocó un gemido y le lanzó una descarga directa de placer hasta el mismo núcleo.
-Peter: Eres hermosa —susurró con voz ronca.

sábado, 31 de marzo de 2012

Capítulo Cinco



Pensó en ella todo el condenado día.

No había sentido esa clase de expectación por ver a una mujer en mucho tiempo. Y Jamás con esa intensidad. Pero el día finalmente pasó y sólo faltaban cuarenta y cinco minutos para que ella llegara. Salió de la ducha, se pasó una toalla alrededor de las caderas y luego se secó el pelo. Después de afeitarse, se puso un polo azul y sus vaqueros más cómodos. Luego miró en torno al dormitorio. La cama hecha, preservativos en el cajón de la mesilla. Satisfecho, se fue a la sala de estar.

Capítulo Cuatro



-Peter: Ponte cómoda —dijo retirando uno de los taburetes de roble que había ante la encimera de granito verde que separaba la cocina del pequeño comedor diario— Vuelvo enseguida. He de cambiarme la camisa.
-Lali: Perfecto —aceptó ella con una sonrisa. Fue a su dormitorio y después de cerrar la puerta, se apoyó contra el panel de madera y respiró hondo varias veces.

Capítulo Tres



Peter empleó el extremo afilado de la pala para abrir otro saco de tierra. A pesar de la brisa fresca de la última hora de la tarde, la camiseta se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Agus había huido nada más llegar a la casa y echarle un vistazo al patio de atrás.
-Agus: Tengo que estudiar —había afirmado mientras se dirigía hacia la puerta— Tengo un examen el lunes. Buena suerte con esos agujeros. Y con tu vecina —había añadido, guiñándole el ojo.

viernes, 30 de marzo de 2012

Capítulo Dos



En cuanto Lali entró en Dulce Pecado, sus sentidos se vieron inundados de chocolate y a punto estuvo de soltar un gemido de placer. Respiró hondo, llenando su cabeza con el delicioso aroma. Casi podía oír cómo esos dulces entonaban: «Pruébame, pruébame».

Capítulo Uno



Peter Lanzani metió la bolsa, con artículos de mudanza que acababa de comprar, en la parte de atrás de su todo terreno y luego cerró la puerta satisfecho.

-Peter: Una cosa más que puedo tachar de mi lista.
-Agus: ¿Y ahora qué? —preguntó su hermano, sin intentar siquiera contener un bostezo— Espero que algo que involucre una taza de café. De haber sabido que mi ofrecimiento de ayudarte requeriría que me levantara al amanecer, no me habría ofrecido voluntario.
-Peter: Son las diez de la mañana. No podes llamar a eso amanecer.
-Agus: Lo es cuando no te has acostado hasta las cinco de la mañana.
Peter se obligó a no reír entre dientes, ante el tono hosco de su hermano.

jueves, 29 de marzo de 2012