Durante el resto del día, en la oficina parece flotar una
especie de ambiente festivo. Pero yo me quedo sentada, incapaz de creerme lo
que ha pasado, y cuando regreso a casa por la tarde, el corazón sigue
latiendome con fuerza por lo inverosímil de la situación. Por su completa
injusticia. Se suponía que era un extraño. Y lo bueno de los extraños es que se
esfuman y nunca los vuelves a ver. No aparecen en tu trabajo ni te preguntan
cuánto es nueve por ocho ni de repente son tu supermegajefe.
Lo único que puedo decir es que he aprendido la lección.
Mis padres siempre me repetían que no hablara con desconocidos y tenían razón.
No volveré a hacerlo. Nunca.
He quedado con Pablo en que iría a su casa esta noche y
cuando llego, noto que todo mi cuerpo se relaja. Estoy lejos de la oficina y de
la interminable charla sobre Peter Lanzani, y mi novio está cocinando. ¿No les
parece perfecto? En la cocina hay un maravilloso olor a hierbas y ajo, y un
vaso de vino me espera en la mesa.
-Lali: Hola —saludo, y le doy un beso.
-Pablo: Hola, cariño —contesta levantando la vista del
fuego. ¡Rayos! Lo había olvidado por completo. ¿Qué voy a hacer para
recordarlo?
Ya sé, me lo escribiré en la mano.
-Pablo: Mira eso, lo he bajado de Internet —me dice con
una gran sonrisa, y me indica una carpeta que hay en la mesa.
La abro y veo una fotografía en blanco y negro de un
salón con un sofá y una planta.
-Lali: ¡Información de pisos! Vaya, eso sí que es
rapidez. Ni me acordaba.
-Pablo: Hay que empezar a buscar. Éste tiene un balcón. Y
hay uno con chimenea.
-Lali: ¡Fantástico!
Me acomodo en una silla cercana y miro la borrosa
fotografía, intentando imaginarnos juntos. En ese sofá. Solos los dos, todas
las tardes. ¿De qué hablaremos? Bueno... de lo de siempre. Puede que juguemos
al Monopoly. Sólo si nos aburrimos, claro. Miro otra página y me siento más
positiva. Éste tiene suelo de madera y contraventanas. Siempre he querido vivir
en un sitio así. Y qué cocina más molona, con encimera de mármol. Va a ser
estupendo, qué ganas tengo de que llegue el momento.
Más animada, tomo un trago de vino y estoy a punto de
recostarme cómodamente cuando Pablo comenta:
-Pablo: ¿No te parece una pasada la visita de Peter Lanzani?
No, ¡por favor! No quiero hablar de él.
-Pablo: ¿Lo has conocido? —añade mientras se acerca con
un cuenco lleno de cacahuetes— Me han dicho que ha estado en Marketing.
-Lali: Esto... sí.
-Pablo: Esta tarde se ha pasado por Investigación, pero
yo estaba en una reunión —Me mira con enorme curiosidad— ¿Cómo es?
Hermoso.
-Lali: No sé. Tiene el pelo castaño, es norteamericano.
¿Qué tal ha ido la reunión?
Mi argucia para cambiar de tema no funciona.
-Pablo: ¿No te resulta increíble? —exclama radiante— Peter
Lanzani.
-Lali: Supongo —digo encogiéndome de hombros— De todas
formas...
-Pablo: Lali, ¿no te parece apasionante? —pregunta
estupefacto— Estamos hablando del fundador de la compañía. Del hombre al que se
le ocurrió la idea de Panther Cola. Que cogió una marca desconocida, le cambió
el envase y la vendió en todo el mundo. Convirtió una empresa con pérdidas en
una corporación inmensa y exitosa. Y ahora vamos a conocerlo. ¿No es
emocionante?
-Lali: Sí —consigo decir— Mucho.
-Pablo: Puede ser la gran oportunidad de nuestras vidas.
Aprender del genio. ¿Sabes?, nunca ha escrito un libro ni ha compartido sus
ideas con nadie, excepto con Agustín Sierra.
Se acerca a la nevera, saca una lata de Panther Cola y la
abre. Debe de ser el empleado más leal del mundo. Un día que nos íbamos de
picnic compré una Pepsi, y casi le da un ataque.
-Pablo: ¿Sabes lo que más me gustaría? —pregunta después
de beber un trago— Estar a solas con él. Los dos. ¿No crees que sería un
fantástico incentivo profesional?
Una charla a solas con él.
Sí, ha incentivado mis expectativas laborales
completamente.
-Lali: Supongo —contesto a regañadientes.
-Pablo: ¡Pues claro que sí! Disfrutar de la ocasión de
escucharlo. Oír lo que tiene que decir. Ha estado encerrado tres años. ¿Cuántas
ideas se le habrán ocurrido en todo ese tiempo? Debe de tener un montón de
nuevas teorías; habrá reflexionado no sólo sobre marketing, sino sobre
negocios, sobre cómo trabaja la gente, sobre la vida misma.
Su entusiasmada voz es como sal en mi herida. Veamos,
¿cómo he conseguido equivocarme tanto? Estuve sentada junto a Peter Lanzani, un
genio creativo y una fuente de sabiduría en marketing y negocios, por no hablar
de los grandes misterios de la vida. ¿Y qué es lo que hice? ¿Le pregunté algo
inteligente? ¿Trabé con él una conversación interesante? ¿Aprendí alguna cosa?
¡NO! hablé sin parar de la ropa interior que más me gusta.
Un gran paso en tu trayectoria profesional, Lali. Uno de
los mejores.
Al día siguiente, Pablo se va corriendo a una reunión,
pero antes me da un artículo sobre Peter Lanzani.
-Pablo: Léelo —dice mientras mastica una tostada— Tiene
información valiosísima.
«No lo quiero para nada», estoy a punto de replicar, pero
ya ha salido por la puerta. Tentada estoy de dejarlo aquí, sin mirarlo
siquiera, pero desde esta casa al trabajo hay un buen trecho y no tengo ninguna
revista. Lo cojo y comienzo a leerlo en el metro sin muchas ganas. La historia
no está mal. Cuenta que Peter y Agustín Sierra eran amigos y que decidieron
montar un negocio; Peter era la parte creativa, y Agustín, el playboy
extravertido. Se hicieron millonarios, y estaban tan unidos que eran casi como
hermanos. Más tarde Agustín se mató en un accidente de coche, y Peter se hundió
tanto que se encerró y dijo que lo dejaba todo.
Después de leer esto empiezo a sentirme un poco estúpida.
Debería haberlo reconocido. Es decir, Agustín me suena. Por un lado se parece —se
parecía— a Robert Redford. Y por otro, salió en todos los periódicos cuando
murió. Ahora lo recuerdo perfectamente, y eso que entonces no trabajaba para
Panther. Su Mercedes se estrelló y se comentó que le había pasado lo mismo que
a la princesa Diana.
Estoy tan absorta que casi me equivoco de parada, y tengo
que hacer uno de esos rápidos movimientos hacia la puerta en los que todo el
mundo te mira como diciendo: «Tonta, ¿no sabías que estabas llegando o qué?»
Cuando salgo, me doy cuenta de que me he dejado el artículo en el asiento.
Bueno, creo que me he enterado de lo esencial.
Hace una brillante y soleada mañana, y me dirijo al bar
de zumos en el que suelo pararme antes de entrar a trabajar para tomarme un
batido de mango. Porque es muy sano. Y también porque el camarero es un
neozelandés muy lindo. Se llama Aidan. (De hecho, antes de salir con Pablo me
gustaba un poco.) Cuando no está trabajando, va a un curso de medicina
deportiva, y siempre me está contando cosas sobre minerales esenciales y
niveles de carbohidratos.
-Aidan: ¡Hola, Lali! —me saluda cuando entro— ¿Qué tal el
kick boxing?
-Lali: Estupendamente, gracias —respondo ruborizándome un
poco.
-Aidan: ¿Has practicado la maniobra de la que te hablé?
-Lali: Sí, me ha ido muy bien.
-Aidan: Lo sabía —confirma encantado, y se va a
prepararme el batido.
Vale, la verdad es que no practico ese deporte. Lo probé
una vez en el polideportivo que hay cerca de casa y, para ser sincera, me
impresionó. No tenía ni idea de que fuera así de violento. Pero este chico
estaba tan entusiasmado con el tema que no paraba de decir que cambiaría mi
vida. No podía confesarle que sólo fui a una clase y después lo dejé. Sería
ridículo. Así que le conté una mentirijilla. No es nada importante. Jamás se
enterará de la verdad. No creo que lo vea en ningún sitio, aparte de aquí.
-Aidan: El batido de mango —anuncia— Y un brownie.
Para... mi compañera.
Coge uno y lo mete en una bolsa.
-Lali: Gracias, Aidan.
-Aidan: De nada. Y recuerda: un, dos, giro.
-Lali: Un, dos, giro —repito alegremente— No lo olvidaré.
Cuando llego a la oficina, Paul sale de su despacho,
chasquea los dedos y dice:
—Evaluación.
El estómago me da un vuelco y casi me atraganto con el
último pedacito de brownie. ¡Dios!, ha llegado el momento y no estoy preparada.
Sí, sí que lo estoy. Vamos. Demuestra que confías en ti. Soy una mujer que se
ha fijado una meta. De repente me acuerdo de Paula y de sus andares de
triunfadora. Sé que es una vaca asquerosa, pero tiene una agencia de viajes y
gana montones de libras al año, así que algo estará haciendo bien. Quizá
debería probarlo. Saco el pecho con disimulo, levanto la cabeza y empiezo a
caminar con la mirada al frente y expresión alerta.
-Paul: ¿Tenés la regla o qué? —me pregunta groseramente
cuando llego a la puerta.
-Lali: No —contesto horrorizada.
-Paul: Pues tenés una cara muy rara. Siéntate. —Cierra,
se sienta y abre un impreso en el que pone «Entrevista Evaluación de Empleados»—
Perdona que no pudiera recibirte ayer, pero con la llegada de Peter Lanzani se
jodió todo.
-Lali: No pasa nada.
Intento sonreír, pero tengo la boca seca. No sé por qué
estoy tan nerviosa. Esto es peor que las notas del colegio.
-Paul: Lali Espósito —Comienza a mirar el papel y a
marcar casillas— En general lo estás haciendo bien. No sueles llegar tarde,
entiendes las tareas que se te encargan, eres bastante eficaz, te llevas bien
con los compañeros, bla, bla, bla... ¿Tienes algún problema?
-Lali: Pues no.
-Paul: ¿Te sientes discriminada racialmente?
-Lali: No.
-Paul: Muy bien. —Marca otra casilla— Creo que eso es
todo. ¿Puedes decirle a Nick que venga?
¿Qué? ¿Se ha olvidado?
-Lali: Esto, ¿qué hay de mi ascenso? —pregunto
esforzándome en no sonar angustiada.
-Paul: ¿Qué ascenso?
-Lali: A ejecutiva de marketing.
-Paul: ¿De qué me estás hablando?
-Lali: Lo ponía en el anuncio. —Saco un arrugado trozo de
papel del bolsillo— «Posibilidades de ascenso en un año.» Lo dice bien claro.
Lo dejo encima de la mesa y Paul lo mira frunciendo el
entrecejo.
-Paul: Lali, eso es sólo para candidatos excepcionales.
Todavía no estás preparada. Primero has de demostrar lo que vales.
-Lali: Pero si lo hago lo mejor que puedo. Si me das una
oportunidad...
-Paul: La tuviste con Glen Oil—replica, y me siento
humillada— Mi última palabra es que no estás lista para ocupar un puesto más
elevado. El año que viene, ya veremos.
-Lali: ¿Dentro de un año?
-Paul: ¿Entendido? Ahora, lárgate.
Me da vueltas la cabeza. He de tomármelo con calma, lo
más dignamente posible. Tengo que decir algo así como: «Respeto tu decisión,
Paul», estrecharle la mano y salir. El problema es que no puedo levantarme. Al
cabo de un rato, él me mira desconcertado.
-Paul: Eso es todo, Lali.
Soy incapaz de moverme. Si me voy, habré perdido mi
oportunidad.
-Paul: ¿Lali?
-Lali: Por favor, asciéndeme —suplico desesperada— Por
favor, lo necesito para impresionar a mi familia. Es lo que más deseo en este
mundo. Trabajaré duro, te lo prometo. Vendré los fines de semana y... me pondré
trajes.
-Paul: ¿Qué? —Me mira como si me hubiera convertido en un
pez de colores.
-Lali: No tienes por qué aumentarme el sueldo. Haré el
mismo trabajo. Incluso pagaré de mi bolsillo las tarjetas de visita. No habrá
ninguna diferencia. Ni siquiera sabrás que me has ascendido.
Jadeando, me callo.
-Paul: Creo que no te das cuenta de que ése no es el
objetivo de un ascenso —comenta con sarcasmo— Me temo que la respuesta es no.
Ahora más que nunca.
-Lali: Pero...
-Paul: Lali, si querés progresar, tendrás que aprovechar
las ocasiones. Crear tus propias oportunidades. Te lo digo en serio. ¿Quieres
decirle a Nick que venga?
Cuando salgo, veo que pone los ojos en blanco y garabatea
algo en el impreso.
Fantástico, seguro que ha escrito: «Lunática desquiciada,
precisa ayuda médica.»
Regreso a mi escritorio desolada y Eugenia me mira con
una expresión sospechosa.
-Euge: Ah, Lali, ha telefoneado tu prima Paula.
-Lali: ¿Sí? —contesto asombrada. Nunca me llama aquí. De
hecho, nunca me llama— ¿Ha dejado algún mensaje?
-Euge: Sí, ha dicho que si sabías algo de tu ascenso.
Estupendo, ahora ya se ha enterado todo el mundo. La
odio.
-Lali: Vale, gracias —digo como si fuera algo normal y
aburrido.
-Euge: ¿Te han ascendido? No lo sabía. ¿Vas a ser
ejecutiva de marketing?
Su voz es aguda y penetrante, y noto que un par de
compañeros levantan la cabeza, muy interesados.
-Lali: No, no voy a serlo —murmuro, roja por la
humillación.
-Euge: Ah —dice con cara de falsa sorpresa— Entonces,
¿por qué...?
—Cierra el pico, Eugenia —le grita Caroline.
La miro agradecida y me dejo caer en la silla.
Otro año. Otros trescientos sesenta y cinco días como una
vulgar auxiliar de marketing de la que todo el mundo piensa que es una inútil.
Otro año debiéndole dinero a mi padre, con Nev y Paula riéndose de mí,
sintiéndome una fracasada. Enciendo el ordenador y, abatida, escribo unas
cuantas palabras, hasta que me quedo sin energía.
-Lali: Creo que me tomaré un café. ¿Alguien quiere uno?
-Euge: No hay —dice mirándome extrañada— ¿No te has
fijado?
-Lali: ¿En qué?
-Nick: Mientras estabas con Paul se han llevado la
máquina —interviene.
-Lali: ¿Por qué? —pregunto perpleja.
-Nick: Ni idea. Han venido y nos hemos quedado sin ella —me
explica mientras se encamina a la oficina de Paul.
-Caroline: Van a traer una nueva. Al menos, eso era lo
que estaban comentando abajo. Una buena, con café de verdad. Al parecer ha sido
el propio Peter Lanzani quien lo ha ordenado —comenta, que pasa a mi lado con
un montón de pruebas.
Ella desaparece mientras la sigo con la mirada.
-Lali: ¿Que ha hecho qué?
-Euge:
¡Lali! ¿Me has oído? Me gustaría que localizaras el folleto que
realizamos para la campaña promocional de Tesco hace dos años. Perdona, mamá —dice
hablando por teléfono— Le estaba pidiendo una cosa a mi ayudante.
Su ayudante. Me pone del hígado.
Aunque, para ser sincera, estoy demasiado confusa como
para enfadarme.
«No tiene nada que ver conmigo —pienso mientras busco en
el fondo del archivador— Es ridículo suponerlo. Seguramente tenía planeado
comprar una nueva. Quizá...» Me incorporo con un fajo de carpetas en la mano y
casi se me caen al suelo.
Ahí está él. Frente a mí.
-Peter: Hola otra vez. ¿Qué tal? —Los ojos se le cierran
al sonreír.
-Lali: Estoy... muy bien. Acabo de enterarme de lo de la
nueva máquina de café. Gracias —farfullo tragando saliva.
-Peter: No hay de qué.
-Paul: Atención todo el mundo. El señor Lanzani pasará la
mañana en nuestro departamento —nos informa.
-Peter: Por favor, llámame Peter.
-Paul: Muy bien. Peter va a acompañarnos para observar
cómo funciona nuestro equipo. Compórtense con normalidad y no hagan nada
especial —Sus ojos se posan en mí y me sonríe de forma halagadora— ¿Qué tal,
Lali? ¿Va todo bien?
-Lali: Sí, gracias. De maravilla.
-Paul: Estupendo. Nos encanta que el personal esté
contento. Aprovechando que me prestan atención —continúa tras toser tímidamente—
Quiero recordarles que celebraremos el Día de la Familia el próximo sábado. Eso
nos dará la oportunidad de relajarnos, conocer a los parientes de nuestros
compañeros y divertirnos.
Todos lo miramos boquiabiertos. Hasta hoy, Paul se había
referido siempre a esa celebración como el Día de los idiotas y había asegurado
que antes se dejaría arrancar los huevos que llevar a nadie de su familia.
-Paul: Bueno, todo el mundo a trabajar. Peter, te traeré
una silla.
-Peter: Haz como si no estuviera. Compórtate con
normalidad.
Que actuemos como si no pasara nada. Sí, por supuesto.
Eso significaría sentarme, quitarme los zapatos, leer el
correo electrónico, ponerme crema, comerme unas chocolatinas, buscar mi
horóscopo en Village, mirar el de Pablo, escribir varias veces «Lali Espósito,
Directora Gerente» con letras llenas de filigranas en una libreta, añadir una
cenefa de flores, enviarle un mensaje a Pablo, esperar unos minutos a ver si me
contesta, tomar un trago de agua mineral y, por fin, ir a buscar el folleto de
Tesco para Eugenia.
No creo que pueda.
Cuando vuelvo a sentarme, mi mente trabaja a toda
velocidad. Aprovechar las ocasiones. Crear mis propias oportunidades. ¿No es eso
lo que me ha sugerido Paul? ¿Y qué es esto si no? Mi jefe supremo está aquí,
viendo cómo trabajo. El gran Peter Lanzani, dueño de la empresa. Seguro que
puedo impresionarlo.
Vale, quizá no hayamos empezado de la mejor manera, pero
tal vez ahora tenga la ocasión de expiar mi culpa. Le demostraré que soy una
persona brillante y motivada.
Mientras hojeo la carpeta de publicidad, noto que estoy
manteniendo la cabeza más elevada que de costumbre, como en una clase de
educación postural. Miro a mi alrededor y descubro que todo el mundo tiene la
misma pose que yo. Antes de que llegara Peter Lanzani, Eugenia estaba hablando
por teléfono con su madre, pero ahora se ha puesto unas gafas con montura de
concha, teclea con brío y de vez en cuando se detiene para sonreír ante lo que
ha escrito, con expresión de: «Soy un genio.» Nick, que estaba leyendo la
sección de deportes del Telegraph, ahora está estudiando unos documentos llenos
de gráficos con el entrecejo fruncido.
-Euge: ¿Lali? ¿Has encontrado el folleto que te he
pedido? No es que tenga prisa... —añade con fingida amabilidad.
-Lali: Sí.
Echo la silla hacia atrás, me levanto y me acerco a su
mesa. Intento moverme con la mayor naturalidad posible, pero es como estar en
la tele. Las piernas no me funcionan, luzco una sonrisa petrificada y tengo la
horrible convicción de que en cualquier momento gritaré: «¡Bragas!», o algo
así.
-Lali: Aquí tienes —digo entregándoselo con cuidado.
-Euge: Que Dios te bendiga. —Sus ojos se posan en los
míos y me doy cuenta de que ella también está actuando. Pone una mano encima de
la mía y sonríe— No sé qué haríamos sin ti.
-Lali: Gracias. Estoy para lo que quieras —respondo en el
mismo tono.
«Mierda», pienso cuando regreso a mi sitio. Debería haber
dicho algo más inteligente. Algo como: «El trabajo en equipo es lo que mantiene
cohesionada esta operación.»
Bueno, da igual. Lo deslumbraré de otra forma.
Tratando de comportarme con normalidad, abro un documento
en el ordenador y tecleo con la mayor rapidez y eficacia que puedo, con la
espalda más tiesa que un palo de escoba. Jamás había visto la oficina así de
silenciosa. Todo el mundo está escribiendo y no habla nadie. Es como un examen.
Me pica el pie, pero no me atrevo a rascarme.
¿Cómo se las arreglará la gente de los documentales para
intervenir con soltura? Yo estoy agotada y Peter Lanzani sólo lleva aquí cinco
minutos.
-Peter: Están muy callados. ¿Es normal? —comenta sorprendido.
—Esto...
Indecisos, nos miramos unos a otros.
-Peter: Por favor, olviden de que estoy aquí. Hablan como
en un día cualquiera. Supongo que mantienen conversaciones típicas de
compañeros, ¿no? Cuando yo trabajaba en una oficina, charlábamos de todo: de
política, libros... Por ejemplo, ¿qué habéis leído últimamente?
-Euge: Hace poco me compré una biografía de Mao Tse-tung.
Es fascinante —contesta enseguida.
-Nick: Yo voy por la mitad de un libro de historia
europea del siglo catorce —apunta.
-Caroline: Yo estoy releyendo a Proust, en francés —dice encogiéndose
de hombros.
-Peter: ¡Ah! —asiente con cara inescrutable— ¿Y vos Lali?
-Lali: En este momento... —Trago saliva para ganar
tiempo.
No puedo decir: Garabatos de celebridades. ¿Qué
significan? Aunque es muy bueno. Rápido, un libro serio.
-Euge: Estabas leyendo Grandes esperanzas, ¿no? Para tu
club de lectura —interviene.
-Lali: Sí —contesto aliviada— eso es lo que...
Entonces, al ver la mirada de Peter Lanzani, me callo.
Jodeme.
Me oigo cotorrear en el avión: «... le eché un vistazo a la contracubierta y fingí que lo había
leído...»
-Peter: Grandes esperanzas —repite él pensativo— ¿Qué te
ha parecido?
No es posible que me pregunte algo así.
Durante un instante soy incapaz de hablar.
-Lali: Bueno... —Me aclaro la voz— Creo que es... era
muy... extremadamente...
-Euge: Una vez que se entiende el simbolismo, es
maravilloso —reflexiona muy seria.
¡Calla, pretenciosa! ¡Maldita sea! ¿Qué digo?
-Lali: Lo encontré muy... resonante.
-Nick: ¿Qué es lo que resonaba? —inquiere.
-Lali: Las... esto... las resonancias.
Desconcertados, mis compañeros guardan silencio.
-Euge: ¿Las resonancias resonaban? —pregunta perpleja.
-Lali: Sí—contesto desafiante— Así es. Por cierto, tengo
que seguir con mi trabajo.
Me doy la vuelta y empiezo a teclear enérgicamente. Vale,
la conversación sobre literatura no ha salido muy bien; mala suerte. Hay que
ser positiva. Todavía puedo impresionarlo.
-Euge: No sé qué le ocurre —comenta con voz de niña— La
riego todos los días —Toca las hojas de su planta y le lanza una mirada
cautivadora a Peter Lanzani— ¿Sabes algo de plantas, Peter?
-Peter: Me temo que no. ¿Qué crees que le puede pasar, Lali?—me
pregunta con rostro inexpresivo.
«... a veces,
cuando me enfado con Eugenia, riego su planta con zumo de naranja...»
-Lali: No tengo ni idea —respondo, y sigo escribiendo con
la cara como un tomate.
Sí. Le he echado zumo de naranja a una plantita, ¿y qué?
-Paul: ¿Ha visto alguien mi taza de los mundiales? No la
encuentro por ninguna parte —pregunta Paul entrando en la oficina con cara de:
«He buscado como un loco.»
«… la semana pasada
rompí la taza de mi jefe y escondí los pedazos en mi bolso…»
Jodeme.
Bueno. ¿Qué pasa? También se me rompió una tacita. No
tiene importancia. He de seguir intentándolo.
-Nick: Mira, Peter —lo llama con tono de complicidad
varonil, y señala una fotocopia en la que se ve una imagen del trasero con
tanga de alguien, que lleva en el tablón de anuncios desde Navidad— Por si
pensabas que no nos divertíamos. Aún no sabemos de quién es.
«... en la fiesta
de Navidad bebí demasiado...»
Vale, ahora sí que quiero morirme. Que alguien me mate.
-Rochi: ¡Lali! —llega corriendo con la cara encendida por
la emoción. Cuando ve a Peter Lanzani, se para en seco— ¡Ah!
-Peter: No ocurre nada, soy un mero observador —la
tranquiliza él haciéndole un gesto con la mano— Adelante, di lo que tengas que
decir.
-Lali: Hola, Rochi. ¿Qué querías?
En cuanto pronuncio su nombre, Peter Lanzani vuelve a
mirarla, con interés en los ojos.
No me gusta nada su expresión.
¿Qué le conté de ella? Rebobino desesperadamente. ¿Qué
sería lo que...?
Siento un espasmo. ¡Madre mía!
«... una
contraseña; cuando se acerca y me pregunta: "¿Te importaría repasar unas
cuentas conmigo, Lali?", quiere decir que nos vayamos a Starbucks...»
Le conté cómo nos escapamos.
Miro angustiada la ansiosa cara de Rochi, para que capte
el mensaje.
No lo digas.
Pero ella no se percata.
-Rochi: Era sólo... —Se aclara la voz como una
profesional y observa un tanto cohibida a nuestro jefe— ¿Te importaría repasar
unas cuentas conmigo, Lali?
Mierda.
Me pongo coloradísima y me pica todo el cuerpo.
-Lali: Pues no sé si voy a poder hoy —contesto con una
falsa voz alegre.
Ella me mira estupefacta.
-Rochi: Pero tengo... Es imprescindible que me eches una
mano. Mueve la cabeza, entusiasmada.
-Lali: Estoy bastante ocupada —miento forzando una
sonrisa e intentando decirle mentalmente: «¡Cierra la boca!»
-Rochi: No nos costará nada. Será muy rápido.
-Lali: Lo siento, no creo que pueda.
Rochi está casi saltando de un pie a otro.
-Rochi: Es algo muy importante, necesito comentarlo
contigo.
-Peter: Lali... —Al oír su voz doy un bote, como si me
hubiera picado un insecto. Él se inclina hacia mí y me susurra— Creo que
deberías repasar esas cuentas.
Lo miro un momento, incapaz de hablar.
-Lali: Muy bien, lo haré —consigo decir al cabo de un
buen rato.
Continuará...
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Ahí les dejo el primer cap de hoy, luego les subo más! :)
espero que les guste! y MAÑANA MARATÓN TÓN TÓN!! :P
Extrañaba la novee!
ResponderEliminarmassssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss
ResponderEliminarnoveeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee
ResponderEliminarME ENCANTO EL CAPITULO!
ResponderEliminarMe fascinaron los pequeños cambios que le hiciste al blog! Me encanta tu blog!
PD: No se si alcanse a leer y comentar todos los caps del maratón por que tengo mucho que leer sobre psicología! :S
Besos
@vagomi
Pobre Lali! Peter volvio yo creo que para divertirse un poco! jajaja por que no se despega de ella! Pobre! jajajaj
ResponderEliminarmasssssssssssssssss
ResponderEliminarjajajja pobre lali peter me parece a mi o esta disfrutando esto de hacela sufrir quiero luego laliteerrrrrrr
ResponderEliminarme encanta la nove.... es genial... AMO A LALI..!!!!
ResponderEliminarEspero q subas masssssss!!!
Besos q estes bien...!!!
PD:Me encanta la maraton....
Peter recuerda todo,lo k dijo Lali en el avion,jajaja,Lai cada vez,mas colorada.
ResponderEliminarhasyyy jajajaj una cagada tras otra se mando lali jajaja
ResponderEliminarla d la foto d tanga me mori! jaja
masss noveee
JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA buenisimo el cap! te juro qe me estaba muriendo de la risa JAJAJAJA encima me imagine la imagen de la tanga y casi me muero de la risa AJAJAJAJAJA xD me estaba muriendo :P me encanta esta nove!!!!
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