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sábado, 11 de abril de 2015

Capítulo 32



8 de septiembre de 1893

Nueva York, Lali se sentía como si tuviera un nudo en el estómago.

Aunque había leído que la ciudad aspiraba a ser la nueva París, no había esperado encontrarse casi con una copia de ella. Ciertos barrios de la ciudad, con sus sólidos edificios neoclásicos, sus frisos y sus cornisas llenas de motivos botánicos y mitológicos podían haber pasado fácilmente por partes de la Rive Droite. Una iglesia en concreto, delante de la que pasó de camino al hotel, era una copia descarada de Notre Dame.

Apenas podía controlar su dificultosa respiración, aunque caminaba a la velocidad de una ley de reformas avanzando lenta y pesadamente por el Parlamento. Un tráfico ininterrumpido circulaba arriba y abajo por la avenida, un sonoro coro de cascos golpeaban el pavimento y las ruedas de los carros crujían bajo su carga. De una calle cercana llegaba el estruendo de un tren elevado. El aire, aunque menos contaminado que en Londres, emanaba las conocidas notas de caballos e industrias, aunque también olía, levemente y de forma muy exótica, a salchichas y mostaza.

Se aseguró de inspeccionar todos los hoteles, todas las tiendas y todas las mansiones de millonarios que atestaban la parte inferior de la Quinta Avenida. A pesar de todo, la distancia desapareció en un momento. De repente, se encontró en el cruce exacto, en la dirección exacta. Apretó con fuerza el mango de barba de ballena de su sombrilla y apartó con esfuerzo los ojos del lado opuesto de la calle.

No, debía de estar equivocada. Peter, con su perfecta crianza, siempre había sido muy modesto y contenido en todo lo que hacía. Pero no había nada mínimamente modesto en aquella espléndida mansión que parecía haber sido sacada, de una pieza, de la propiedad de algún noble de Centroeuropa. La fachada era de granito gris perla, el elegante tejado poligonal, de pizarra azul oscura. Las ventanas brillaban como los ojos de una belleza coqueta en su baile más triunfal. Y cada adornada línea y cada curva sensual hablaba de una enorme riqueza, generosa y barroca.

Se sentía igual que la primera vez que vio a Peter desnudo: estupefacta, sin habla, a punto de desmayarse de excitación. No iba arreglada adecuadamente. Si quería asaltar esta ciudadela en concreto, necesitaría una cantidad mucho mayor de la parafernalia de su propia riqueza y posición para convencer a un desconfiado mayordomo de que era la auténtica lady Tremaine y no una impostora cuya intención era robar la plata.

No obstante, cuando se abrió la puerta, el mayordomo la reconoció de inmediato, a juzgar por el rebote de su mandíbula contra las baldosas de mármol negro del vestíbulo. Se recuperó rápidamente, dio un paso atrás y se inclinó.

—Milady Tremaine.

Lali se quedó mirándolo fijamente. El hombre le resultaba vagamente familiar. Estaba segura de haberlo visto antes. Estaba...

—¡Beckett! —El asombro y la culpa se confundían en sus venas. Cuando sus planes se habían venido abajo, no era la única que había recibido un castigo. Tan seguro como que la emperatriz de la India era una inglesa con sangre alemana, Beckett había abandonado repentinamente Twelve Pillars, porque Peter había descubierto su papel en el engaño. ¿Cómo podía ser que fuera, precisamente él, el jefe del personal al servicio de Peter?

—Usted está... —¿Qué podía decirle? ¿Habría adivinado, con los años, cuál había sido su papel en todo aquello?—. Usted está en Nueva York.

—Sí, señora —dijo Beckett respetuosamente mientras le cogía la sombrilla, pero no le dio más explicaciones—. ¿Puedo ofrecerle un excelente té de Assam mientras nos ocupamos de su equipaje?

La antesala era soberbia; el salón, casi arrebatador en su opulencia. Había estado en palacios reales que eran menos ricos en mobiliario y arte... y qué arte, como si alguien hubiera cogido una sección de la gran galería del Louvre y la hubiera convertido en un espacio habitable. No es que no lo encontrara absolutamente de su gusto, pero ¿qué había pasado con la preferencia de Peter por las casas sobrias y los cuadros impresionistas?

—No he traído equipaje —dijo. Y ahora, la pregunta funda mental—. ¿Está lord Tremaine en casa?

—Lord Tremaine ha salido a navegar con un grupo de amigos —contestó Beckett—. Esperamos que vuelva esta tarde, antes do las cinco.

Seguro que no podían estar hablando del mismo lord Tremaine. Primero una mansión en la cual una María Antonieta amaine de los pasteles se habría encontrado como en casa. Y ahora este empresario supuestamente tan trabajador que se iba de juerga cuando no era ni remotamente domingo.

—En ese caso, volveré en otra ocasión —dijo. De ninguna mañera podía sentarse en la sala y tomar té las próximas cinco o seis horas. Resultaría muy extraño.

Empezaba a lamentar haber pedido a todos los que, en Inglaterra, conocían el paradero de Peter que no le avisaran que iba a cruzar el Atlántico para verlo. Tal vez, debería habérselo notifica do por adelantado.

—Lord Tremaine da una cena esta noche. ¿Debo enviar un coche a su hotel para recoger a su señoría?

Lali negó con la cabeza. No era delante de una multitud de desconocidos como había imaginado su encuentro.

—Si decido asistir, ya pediré mi propio medio de transporte. Y no es necesario que le diga nada a lord Tremaine.

—Como desee la señora.


—Deberías tener hijos —dijo Martina.

Estaba de pie, con un bonito vestido azul pastel, junto a la barandilla de la cubierta de proa de La Femme, el velero de doce metros en el que Peter navegaba por placer ahora que usaba el Amante sobre todo para los negocios. Más allá del revuelo de las cintas de su sombrero, un bosque de mástiles cabeceaba reposadamente: un millar de barcos frente a las elevadas torres del distrito financiero.

Peter levantó la vista del plato de galletas de limón que compartía con Masha.

—¿Cómo sabes que no los tengo? —preguntó.

Martina parpadeó y luego se sonrojó.

—Oh —murmuró.

No los tenía, claro. Siempre había ido con mucho cuidado. Pero, probablemente, debería haberse resistido al impulso de tomarle el pelo. La pobre joven nunca había sabido apreciar una broma. En un tiempo pensaba que era más que adorable cuando se esforzaba por entenderlas. Pero también es verdad que él solo tenía quince años.

—Perdóname, ha sido poco delicado por mi parte —dijo—. Tienes razón, debería tener hijos. Me encantaría tener unos cuantos.

—Pero ¿cómo? —preguntó Masha—. Mamá dice que te vas a divorciar. ¿Cómo puedes tener hijos cuando no estás casado?

—¡Masha! —exclamó Martina con tono brusco, enrojeciendo más todavía.

—No pasa nada —dijo Peter. Se volvió hacia Masha, que tenía los ojos tristes y la nariz larga de su padre. Pero bajo la cara de una lúgubre madona rusa acechaba un espíritu tan revoltoso como una docena de marineros de permiso en tierra—. Mi querida María Alexeieva, eres una damita muy inteligente. En realidad, ese es mi problema. ¿Qué te parece que debo hacer?

—Debes casarte otra vez —dijo Masha, decidida.

—Pero ¿quién querría casarse conmigo, Mashenka? Soy muy viejo, tan viejo como la mugre.
Masha se rió y bajó la voz.

—Mamá es todavía más vieja que tú. ¿Significa eso que es más vieja que la mugre?

Peter susurró:

—Sí, así es. Pero no se lo digas.

—¿Qué murmuran? —preguntó Martina, un poco incómoda.

—Le estaba diciendo al tío Peter que debería casarse contigo, mamá —respondió Masha, alegremente—. Entonces estarías demasiado ocupada para sermonearme.

Antes de que Martina se pudiera recuperar de su asombro lo suficiente como para decir algo, Sasha gritó desde la cubierta de popa de la goleta:

—¡Masha, ven! He pescado algo enorme.

Sin perder un momento, Masha salió corriendo a ayudar a su hermano a sacar del agua su enorme captura.

—Oh, esta niña —murmuró Martina—. Es mi desesperación.

—Yo no me preocuparía por ella —dijo Peter—. Se las arreglará muy bien sin ayuda de nadie.

Martina no dijo nada. Cerró la sombrilla, la sostuvo con ambas manos delante del abdomen y luego apoyó la punta en la cubierta. Con el dedo índice trazó lo que parecían dibujos al azar en el mango de la sombrilla. Pero Peter sabía que, inconsciente mente, estaba escribiendo lo que pensaba. «Gott. Gott. Gott.»

Estaba violenta y desconcertada. En esto no había cambiado mucho. Peter cogió otra galleta.

—Espero que no pienses que he venido a Nueva York porque... porque estás a punto de ser un hombre libre.

—¿No es así? —Nunca había aludido a sus problemas matrimoniales. Pero Martina era muy consciente de ellos, a juzgar por lo que había dicho Masha.

Martina se retorció las manos, muy avergonzada. No estaba acostumbrada a que él fuera tan directo. Lo miró sin hablar, rogándole con sus enormes ojos azules que evaluara la situación, dedujera lo que ella quería y se lo ofreciera sin que tuviese que decir palabra... igual que siempre había hecho antes.

Suspiró. Martina había venido en un momento desafortunado, cuando lo que él deseaba era estar solo en el mar o solo en su taller. No se había visto con ánimos de desilusionar a los niños, así que había pasado las tres últimas semanas haciendo que lo pasaran bien en la ciudad. Pero no le quedaban ganas de jugar a las adivinanzas con ella. Si quería algo de él, y sin duda quería «algo», entonces más le valía ir al grano.

—¿Te divorciarás de lady Tremaine? —preguntó ella, tímidamente.

—Es ella la que quiere el divorcio, por lo tanto vamos derecho a ello —dijo, con más hosquedad de la que tenía intención de mostrar. Por la mañana, había llegado una carta de Addleshaw, asegurándole que el anillo de compromiso que le había reclamado a Lali llegaría pronto.

No quería el maldito anillo. ¿No era bastante tener que ver el condenado piano? Lo que quería es que ella viniera con el anillo. Pero su artimaña le había fallado. Lali se casaría con Benjamín. Y él, ¿qué iba a hacer?

—Necesitarás otra esposa, ¿no? —La voz de Martina era tan queda que apenas pudo oír las últimas sílabas.

No necesitaba otra esposa. Quería la que ya tenía.

—Ya lo pensaré en un futuro.

«Gott hilf mir», garabateó el dedo de Martina. Claro, que Dios los ayudara a todos.

Los niños gritaron entusiasmados, rompiendo el incómodo silencio.

—¡Mirad qué hemos pescado! ¡Mirad qué hemos pescado! —aullaba Sasha, corriendo hacia ellos con una lubina rayada que parecía pesar por lo menos dos kilos.

—¡Vaya, fíjate! —exclamó Peter, poniéndose en pie—. Yo nunca pesqué nada ni la mitad de grande cuando tenía tu edad.

Desenganchó del anzuelo al pez, que coleaba con fuerza, y lo metió en un cubo de agua.

—¿Queréis que lo sirvan con salsa de mantequilla al limón para cenar?

—¡Sí! —contestó el chico, decididamente.

—¡De acuerdo! —Peter levantó a Sasha en el aire y le hizo dar vueltas.

—¡A mí también, a mí también! He ayudado —dijo Masha, tendiéndole los brazos a Peter.

Hizo lo mismo con ella, disfrutando de sus agudas risas.

—Mis expertos pescadores, ¿creen que pueden pescar otro antes de que nos hagamos a la vela?

Los dos se marcharon corriendo, dejándolo solo de nuevo con Martina. Abrió la tapa de la cesta de picnic para guardar los restos del almuerzo: la mitad de una empanada de pollo fría, rodajas de buey asado, un plato casi vacío de ensalada de patatas y unas cuantas galletas de limón.

Martina se acercó a su lado cuando él colocaba una botella de limonada en su sitio.

—He estado pensando en el pasado, en San Petesburgo —murmuró—. ¿Te acuerdas de lo que solías decirme entonces?

—No lo he olvidado. —Cerró la cesta de picnic y se quedó mirándola—. Pero la verdad es que estaré amargado después del divorcio. Una nueva esposa solo encontraría en mí desafecto y falta de atención, y te quiero demasiado para someterte a esto.

Ya estaba, al final lo había reconocido. El divorcio lo dejaría deshecho. Casi lo aniquilaría. Le horrorizaba la llegada del correo, le horrorizaba cualquier carta de sus abogados ingleses, le horrorizaba el posible cable de la señora Espósito censurando la irreversible locura de Lali.

—Entiendo.

Parecía terriblemente abatida, como una niña a la que le dicen que, cuando llegue diciembre, no habrá Navidad. La atrajo hacia él.

—Pero seguiré cuidando de ti, siempre. Si alguna vez necesitas algo, solo estaré a un cable de distancia. Y si, Dios no lo quiera, te pasara algo, criaré a los mellizos como si fueran míos.

Depositó un beso en lo alto de su sombrero de paja.

—Cuidaré de todo por ti, tienes mi palabra.

—Supongo... supongo que es todo lo que cualquier mujer podría pedir —dijo, lentamente. La sombra que había en su cara desapareció. Sonrió tímidamente y lo besó en la mejilla—. Gracias. Eres el mejor amigo que he tenido nunca.

Se quedaron así un momento, él con la mano en su cintura y ella con la cara apoyada en su manga. Peter suspiró. Era irónico que estuviera abrazando a Martina en un barco que, de nuevo, de alguna manera, había bautizado con el nombre de Lali: La Femme, la mujer, la esposa.

Pero el sol era cálido, la brisa, fresca. Seguía siendo un buen día, aunque no pudiera tener a su esposa. Besó a su vez a Martina en la mejilla.

—¿Zarpamos?


Lali vio el coche sin caballos en cuanto salió del hotel Waldorf, a las cinco. La bella máquina, construida sobre un chasis de faetón, negra con embellecedores carmesí, avanzaba retumbando, majestuosa. El sirviente con librea que la conducía no podía haber tenido un aspecto más orgulloso ni aunque hubiera ido en lo alto del carruaje oficial de la reina.

Su orgullo se reflejaba en la cara de dos de los pasajeros que transportaba. Los niños se deleitaban en la admiración y curiosidad manifiestas que había en el mar de caras vueltas hacia ellos. La reacción del tercer pasajero era difícil de calibrar, porque el largo velo de su sombrero ocultaba eficazmente sus rasgos por encima de la barbilla.

—¿A quién pertenece el automóvil? —preguntó Lali al portero.

—Al lord inglés que vive diez manzanas más abajo, señora —contestó el hombre—. Dicen que es vizconde.

—No, es conde —dijo otro portero—. Y esa es su novia, la gran duquesa rusa. Todos los días llega en el coche sin caballos de él.

Lali se quedó petrificada. Peter vivía a diez manzanas del hotel Waldorf. Las había contado por la mañana. ¿Y no era cierto que la antigua señorita Stoessel se había casado con un gran duque ruso?

Manoseó torpemente el velo de su propio sombrero mientras el automóvil se detenía delante del hotel. Los pasajeros bajaron. El chófer abrió el maletero y sacó un cubo de aspecto pesado, que los niños cogieron de inmediato, haciendo que su madre pronunciara una serie de advertencias en francés.

El chófer se inclinó.

—Traeré el coche hacia las once, alteza.

—Gracias —dijo su alteza.

Y era ella, la antigua señorita Stoessel. Que volvería a casa de Peter a las once de la noche, después de que los invitados a la cena se hubieran marchado, con un propósito que no necesitaba aclaración.

Le entregaron el cubo a uno de los porteros, con instrucciones para que lo llevara a la cocina. La gran duquesa Martina y sus hijos entraron en el hotel y desaparecieron en el interior de un ascensor.

Lali fue lentamente hasta un rincón del vestíbulo y se sentó. Ya esperaba que tendría que luchar por él, dado que quizá tuviera una amante, y que debería expulsar físicamente a la otra mujer, o mujeres —había tenido demasiado tiempo para pensar durante la travesía—, de su cama y de su vida, si era necesario.

A cualquier otra mujer.


¿Qué iba a hacer ahora?

Continuará...

:O!!! +10 y el capítulo final!

12 comentarios:

  1. Ya quiero saber en que termina. Subilo por fa

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  2. solo espero que no se de por vencido por que no!!! bueno es el ultimo entonces supongo que va a ver a peter mas!!!!!!!!!!!!

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  3. ya!!!!!!!!!! enserio nos quieres matar!! si no lo pones hoy no opdre dormir

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  4. +++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++

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