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sábado, 18 de abril de 2015

VEINTISIETE



—Es la imbecilidad más grande del mundo. —Agustín tenía las manos en el volante de su Land Rover mientras escudriñaba el aparcamiento en penumbra.
Peter lo miró desde el asiento trasero. Ya había anochecido en San Mateo. Las farolas cobraron vida. Con un poco de suerte, Mariana ya estaría en la parte trasera del edificio.
Agustín tenía razón. Era una imbecilidad. Deberían haberse quedado con los padres de Mariana y cenar con los niños. Por más incómodo que fuera para ella, era mucho más seguro que lo que estaban haciendo en ese momento.
—Tú solo tienes que conducir el coche durante la huida —dijo Cande desde el asiento del copiloto—. Deja de quejarte. —Abrió la puerta. Peter la imitó—. Volveremos enseguida.
—La próxima vez me tocará hacer de espía —les gritó Agustín.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —le preguntó Peter mientras se dirigían a la puerta de entrada de la clínica. Un guardia de seguridad se encontraba junto a ella. Las cámaras de vídeo barrían el aparcamiento.
—El horario de visita acaba dentro de media hora. Me echarán entonces. ¿Tienes el carnet que Alice consiguió esta mañana?
Peter se dio unos golpecitos en el bolsillo.
—Lo tengo.
—No quiero tener que pagar la fianza de nadie esta noche —masculló ella.
La miró de reojo.
—No me creerás tan tonto como para dejarme coger, ¿verdad?
—Espero que no, Lanzani.
Cande adoptó su sonrisa de abogada al entrar en el vestíbulo y acercarse al mostrador de recepción.
—Hemos venido a ver a Gillian Rogers. Soy una amiga de la familia.
Una mujer oronda de pelo canoso estaba sentada al mostrador.
—Firmen aquí. Tienen veinticinco minutos antes de que acabe el horario de visitas.
Cande firmó en el registro, le pasó a Peter el bolígrafo y esperó.
La recepcionista los miró con cara de pocos amigos.
—Necesito algún tipo de identificación. —Miró en su ordenador y esperó a que Peter y Cande sacaran las carteras—. La señora Rogers está en el ala D, en la habitación 438. —Golpeó un mapa con un lápiz—. Aquí. Vayan por ese pasillo de ahí. —Señaló una puerta de doble hoja.
—Gracias —replicó Cande.
—Qué amable —musitó Peter mientras abrían la puerta.
Cuando se hallaron solos en el pasillo, Cande miró el reloj.
—No te retrases.
—Hecho. Diviértete.
—Ya, que me divierta. —Cande frunció el ceño—. Gillian tiene alzheimer. No me recuerda. Va a ser estupendo.
Peter le guiñó un ojo antes de meterse en el cuarto del celador.
El olor de los desinfectantes industriales se le metió por la nariz. Encendió la linterna de bolsillo que llevaba e inspeccionó el cuartillo. Tal como Alice, la hija de Gillian, le había dicho a Cande, había un uniforme de celador colgado de un gancho de la pared. Se lo puso, se colocó la identificación con su foto en el bolsillo de la camisa y salió al pasillo empujando el carrito de la limpieza.
Atravesó el edificio despacio, silbando como si no tuviera la menor preocupación. Una enfermera pasó junto a él, se detuvo y lo miró.
—Eres nuevo. ¿Dónde está Jimmy?
Él la miró con una sonrisa.
—Enfermo. Lo estoy sustituyendo.
—Hay un charco en la 218 que tienes que limpiar.
—Sí, señora. Ahora voy.
—Necesito que lo limpies ahora mismo. Vamos. —Lo señaló con un dedo.
Joder. No tenía tiempo para eso en ese instante. Pero era seguirla o levantar sospechas, algo que no les hacía falta.
Le dio la vuelta al carrito. ¿La 218? ¿Dónde narices estaba eso? Peter miró el mapa del edificio que había colocado debajo de las botellas emplazadas en la parte superior del carrito. Joder. En el extremo opuesto de la clínica.
La enfermera abrió una puerta.
—¿Señor Anders?
Un gruñido ahogado fue la única respuesta.
Peter dejó el carrito en el pasillo. Arrugó la nariz al entrar en la habitación. Maldición, no se había presentado voluntario para eso. Casi se podía decir que la vejiga del anciano había explotado en mitad del suelo.
—Vamos a limpiar todo esto enseguida, señor Anders —dijo la enfermera. Le hizo un gesto con la cabeza a Peter para que se pusiera manos a la obra.
Aunque por dentro soltó una retahíla de palabrotas, regresó junto al carrito del celador y cogió los utensilios que supuso que iba a necesitar. Veinte minutos después, volvía a empujar el carrito por los largos pasillos. Le ardía la piel y tenía la necesidad de darse una ducha para borrar el hedor de esa habitación. Y desde luego que no quería envejecer.
Una mujer estaba picando datos delante de un ordenador cuando entró en los despachos. Levantó la identificación.
—He venido para vaciar las papeleras.
La mujer apenas lo miró.
—Bien, pero no tardes. Tengo que cerrar con llave.
—Sí, señora.
Se movió por la estancia, realizando su tarea. Cuando terminó con el despacho de fuera, entró en la sala de archivo.
La puerta de brazo mecánico se cerró detrás de él. Apretó el paso hacia la ventana y la abrió.
Mariana estaba justo debajo de la ventana, donde había estado escondida.
—¿Por qué has tardado tanto?
—La vejiga de un viejo explotó en la otra punta del edificio —susurró él.
—¿Qué?
—Te lo explico después. No tenemos mucho tiempo. —La ayudó a entrar por la ventana—. En el despacho de fuera hay una secretaria que se muere por volver a casa.
Mariana fue derecha al archivo. Abrió el primer cajón y empezó a rebuscar entre los informes.
—No hay una carpeta para Amadeo.
—Prueba con Lanzani.
Cerró el primer cajón y abrió el siguiente.
Peter vació la papelera. Las persianas metálicas sonaron cuando pasó por encima un cepillo para disimular el ruido de los cajones del archivador al abrirse y cerrarse.
—Nada —susurró ella.
La miró de nuevo.
—¿Espósito?
—Aquí está —dijo ella—. Menos mal que los informes se habían destruido en un incendio. —Sacó la carpeta, la abrió y hojeó el contenido.
El siseo que se le escapó llamó la atención de Peter.
—¿Qué pasa?
—La firma de Benjamín está por todas partes. —Siguió pasando de página, con la cara tan blanca que Peter estuvo a punto de obligarla a sentarse—. Aparece mucho la firma de una enfermera: Janet Kelly.
—Yo me encargo. —Peter se acercó a otro archivador y buscó la documentación del personal—. No está aquí.
—¿En otro despacho?
—Seguramente —respondió él mientras seguía buscando en los cajones.
—¿Qué es el Midazolam?
Peter levantó la vista.
—Es una benzodiacepina.
—¿Qué es eso?
—Un medicamento utilizado como sedante hipnótico.
Ella lo miró.
—¿Un sedante? ¿Sirve para el coma?
—Es posible. Si se combina con un agente paralizante, sí.
Lali tragó saliva y volvió a mirar su historial.
—¿Como el Anectine?
«Mierda», pensó él.
—Sí.
—¿Qué me dices del Tabofren?
Peter se quedó paralizado.
—Repite eso.
—Tabofren. Está en mi historial.
—Es un medicamento contra el cáncer.
Mariana levantó la vista de repente.
—Yo no tenía cáncer, ¿verdad?
Aunque negó con la cabeza, la preocupación le formó un nudo en el pecho.
Alguien aporreó la puerta.
—Oye, ¿has terminado ya? Tengo que cerrar.
—Maldición. —Mariana se escondió debajo del escritorio.
Peter abrió la puerta. Tenía la adrenalina por las nubes, pero se obligó a sonreír.
—Claro. Solo tengo que coger bolsas nuevas. —Silbando, volvió junto al carrito, cogió lo que necesitaba y regresó al despacho. Con el ceño fruncido, Mariana le llamó la atención con un gesto de la mano desde su escondrijo.
Peter se tomó su tiempo, asegurándose de que la ventana estaba cerrada antes de salir de la estancia.
La secretaria miró el reloj.
—Te lo has tomado con calma. —Apagó las luces y lo obligó a salir de la oficina principal antes de cerrar la puerta con llave.
—Buenas noches —se despidió él.
La mujer no contestó, se limitó a enfilar el largo pasillo, y el taconeo de sus zapatos fue lo único que se oía en el espacio vacío.
Peter llevó el carrito hasta el cuarto de celadores más cercano y regresó al despacho con cuidado. Llamó a la puerta, miró a su alrededor y esperó. La puerta se abrió una rendija por la que él se coló antes de volver a cerrarla.
Los ojos de Mariana relucían en la oscuridad.
—Se ve que sabes cómo hacer que una chica se lo pase bien.
—Recuerda que esto no ha sido idea mía. Mira en ese despacho. Yo miraré en este.
Se separaron para buscar en los archivadores y en los cajones de los escritorios. Cuando Mariana le susurró desde una habitación cercana, cerró el cajón que estaba mirando y dejó que su voz lo guiara.
—Lo tengo —dijo ella—. Janet Kelly fue despedida hace casi un año. 794 de Harbor Drive.
—Eso está en el agua.
—No encuentro nada de Benjamín.
Se escucharon llaves en el despacho exterior.
—Mierda. —Peter la empujó hacia la ventana—. Vamos.
Mariana abrió la ventana y salió. Él la siguió e intentó cerrarla del todo antes de agazaparse junto a ella entre los arbustos.
La luz brotó de la ventana, derramándose sobre los arbustos. Peter contuvo el aliento. Cuando a Mariana se le escapó una risilla, le colocó una mano sobre la boca.
No se escuchó ruido alguno procedente del despacho, pero el haz de la linterna seguía allí. La luz desapareció después de lo que le pareció una eternidad. Se escucharon pasos y una puerta que se abría y que se cerraba. El silencio se impuso a su espalda.
—¿Quieres que nos cojan? —susurró Peter.
Mariana le apartó la mano de su boca.
—Lo siento. No he podido evitarlo. Nunca te había visto moverte tan rápido.
—Ya me imagino los titulares de mañana: «Empresario farmacéutico arrestado por allanar la Clínica Backwater.»
Mariana soltó otra risilla.
—¿Te da miedo ensuciar tu reputación de niño bonito?
—Ya está más que sucia. Y no, me da miedo ir a la cárcel y acabar con un compañero de celda llamado Bubba. —Cuando ella soltó una carcajada, el corazón le dio un vuelco—. Y tampoco quiero que nuestros hijos acaben en las incapaces manos de Agustín. Luz ya tiene una buena boquita.
—Porque las palabrotas no las ha aprendido de ti, ¿verdad? —En sus ojos relucía un brillo alegre, y el hoyuelo de su mejilla lo estaba poniendo a mil.
—Claro que no.
Ella sonrió. Dios, cuánto echaba de menos esa sonrisa. Su forma de iluminarle la cara, su alegre mirada. La sensación que le provocaba en el estómago. Ardía en deseos de besarla. Ardía en deseos de tocarla. Ardía en deseos de acabar lo que habían comenzado antes.
En cuanto volvieran y analizaran lo que acababan de descubrir, pensaba hacer justo eso.
La cogió de la mano.
—Vamos, larguémonos de aquí.
 La luz del cuadro de mandos iluminaba la cara de Cande, que estaba en el asiento del copiloto. Agustín y ella estaban discutiendo acerca de qué desvío tomar para regresar a la autopista. Parecían un matrimonio de viejos.
Lali miró a Peter, que estaba sentado junto a ella en la parte trasera. Había dejado el uniforme de celador en los arbustos, junto a la clínica, antes de irse. En ese momento, estaba estudiando su historial médico con detenimiento. Tenía el ceño muy fruncido.
Eso no pintaba bien.
—No tienes el menor sentido de la orientación —protestó Cande—. No, gira a la derecha en el siguiente semáforo.
—Hemos pasado por delante de un McDonald’s al ir —replicó Agustín—. Me acuerdo muy bien. Es por allí. —Señaló hacia delante.
—No, no es por allí —lo contradijo Cande—. Está en la siguiente calle. Tú gira. —Le echó mano al volante.
—Mierda, Candela. Déjame conducir. —Cuando ella lo fulminó con la mirada, Agustín frunció el ceño, meneó la cabeza y giró donde ella le había dicho. Los arcos dorados de la M iluminaban la calle.
—¿Lo ves? Te lo dije. Nunca discutas con una mujer sobre direcciones. Salida a la autopista. Allí.
—Sobre todo si es abogada —masculló Agustín—. Tengo ojos, cariño, y quiero puntos por acordarme del McDonald’s. Por cierto, tengo hambre.
—Tengo que ir al despacho —dijo Peter.
—¿Por qué? —preguntó Lali. El silencio de Peter mientras leía su historial médico y el hecho de que no le hiciera gracia el espectáculo que estaba teniendo lugar en la parte delantera del vehículo la tenía de los nervios.
—Tengo que comprobar una cosa. Déjenme en el centro, ya volveré a casa en un taxi.
—Adiós a mi hamburguesa doble. —Agustín suspiró y pasó de largo junto al restaurante de comida rápida. Se incorporó a la autovía en dirección a la ciudad.
—Háblame, Peter —le dijo Lali—. ¿Qué te ha llamado la atención de mi historial?
Lo vio mover los papeles que tenía en el regazo.
—Parece que estuviste sumida en un coma natural durante bastante tiempo. Pero después de que Tomás naciera, te administraron medicamentos para mantenerte en él. Es como si hubieras salido por tus propios medios pero alguien no quisiera que te despertases.
A Lali se le formó un nudo en el estómago.
—¿Qué me dices de ese otro medicamento? —Al ver que él no le contestaba, insistió—: Peter, dímelo.
Lo vio apretar los labios. Al final, dijo:
—El Tabofren era un medicamento de LanCorp que hace cinco años estaba en la fase uno de los ensayos clínicos.
Cande se volvió en su asiento. Agustín lo miró a través del retrovisor.
—¿Qué? —Lali puso los ojos como platos.
—Lo retiramos porque la FDA estaba muy preocupada por los efectos secundarios.
Lali sintió que la sangre se le agolpaba en los pies. Como si se estuviera quedando sin aire.
La mano de Peter acarició la suya.
—No te asustes todavía. Deja que investigue un poco primero.
Ella asintió con la cabeza, aunque en el fondo no sabía qué pensar. Ni qué hacer, por cierto. Con dedos temblorosos, se frotó la cicatriz que tenía en el lateral de la cabeza. Tragó saliva para contener el miedo.
No funcionó.
Agustín paró el coche delante del edificio de la empresa de Peter.
—Cande y yo compraremos comida para llevar y nos reuniremos con ustedes ahí arriba.
—No hace falta —rehusó Peter al tiempo que salía del coche. Cogió la mano de Lali y la ayudó a bajar.
—No discutas, Peter. —Cande sacó el brazo por la ventanilla y le dio un apretón en los dedos a Lali—. Volveremos enseguida.
¿Por qué tenía de repente un mal presentimiento?, se preguntó Lali, que se pasó una mano por el pelo mientras entraba en el edificio con Peter. Un mal presentimiento la recorría por entero, al igual que le pasó aquel día, cuando se arrodilló en el suelo del despacho de Benjamín y abrió el archivador cerrado con llave que cambió su vida.
—Hola, John. —Peter saludó con un gesto de la cabeza al guardia de seguridad que estaba sentado tras el mostrador de recepción.
—Señor Lanzani. Viene muy tarde hoy.
—Tengo que hacer un trabajillo. Mi cuñado y una amiga llegarán un poco más tarde. Que suban cuando lleguen.
—Por supuesto, señor Lanzani. Tenía buen aspecto en la tele hoy —añadió con una sonrisa torcida.
—Gracias. —Peter le colocó una mano a Lali en la base de la espalda y la instó a acercarse a los ascensores. Una mano cálida y sólida que le provocó un enorme calor allí donde la tocaba.
No podía negar que sentía cierta conexión con él. Pero no sabía qué hacer al respecto ni cómo lidiar con dicha conexión con todo lo que estaba sucediendo a su alrededor.
El despacho de Peter era un enorme espacio de madera oscura y metal cromado. Un ventanal que ocupaba una pared entera ofrecía una panorámica de la ciudad de San Francisco. Las luces brillaban en las calles, y el Golden Gate estaba iluminado en la distancia. Había una barra a un lado de la estancia, con dos sofás y unas cuantas mesitas auxiliares emplazadas por delante. El impresionante escritorio de Peter dominaba la otra parte de la estancia. La pared que quedaba a su derecha estaba cubierta por una estantería.
Lali se sintió intimidada nada más entrar en el lugar. Su diminuto despacho cabría en un rinconcito de ese espacio palaciego. Se acordó de la conferencia de prensa y recordó la expresión acerada de sus ojos al enfrentarse a los periodistas. Peter Lanzani, el rico empresario, no se parecía en nada al hombre tierno que la había abrazado con tanta ternura después de que sangrara por la nariz.
—Trae algo para beber, ¿quieres?
Agradecida por tener algo que hacer, Lali se acercó a la barra. Peter se sentó en el sillón que había al otro lado de su escritorio y encendió el ordenador. Sus dedos volaban por las teclas, con la vista clavada en lo que fuera que estuviera viendo. Su silencio le indicó que no estaba dispuesto a compartir sus temores en ese momento.
Lali luchó contra el impulso de colocarse detrás de él. Se mantuvo ocupada sirviendo dos copas y después llevó los vasos a su escritorio.
—¿Hay un aseo por aquí? —le preguntó.
Él señaló una puerta con la cabeza.
—Por allí.
—Gracias.
Pasó todo el tiempo que pudo en el elegante cuarto de baño, con su lavabo de mármol y su enorme ducha, y se echó agua en la cara en un intento por controlar sus emociones. Cuando por fin reunió el valor necesario para regresar al despacho de Peter, se lo encontró sentado al escritorio. Pero en esa ocasión tenía la cabeza entre las manos, con los codos apoyados en la mesa. La pantalla del ordenador brillaba con imágenes de Luz a modo de salvapantallas.
Su cuerpo irradiaba tensión, una tensión que inundaba el espacio que los separaba y se le acumulaba a ella en el pecho, disparando sus nervios hasta niveles insospechados. Presa de los temblores, rodeó el escritorio para colocarse a su lado.
—¿Peter?
Sin levantar la vista, él la agarró de la cintura y la colocó delante de él. Sintió sus rodillas en la cara interna de los muslos, provocándole un millar de escalofríos. A continuación, él se inclinó hacia delante y apoyó la frente en su vientre mientras inspiraba hondo y de forma entrecortada.
Algo iba mal. Fuera lo que fuese que hubiera encontrado era tan malo que ni siquiera podía mirarla. Pensó en marcharse, en olvidarse de todo ese lío. Podía montarse en un avión y volver a Houston si quería, olvidarse de Peter Lanzani y de su hija. Seguramente eso fuera lo más inteligente.
Pero al mismo tiempo sabía que nunca se iría. Estaba conectada a él, quisiera o no. Y no solo por Luz y Tomás, sino por algo más. Algo que la arrastraba hacia él aunque quisiera salir corriendo en dirección contraria. Algo que no comprendía pero que estaba desesperada por saber adónde la llevaba.
Le enterró los dedos, temblorosos, en el pelo y deslizó las manos por su nuca y sus hombros, sintiendo la tensión que lo embargaba.
—Peter, me estás asustando.
Él no habló. Se limitó a clavarle todavía más los cálidos y fuertes dedos en las caderas, como si fuera su tabla de salvación.
—Háblame —le suplicó, susurrando.
Sus marcadas facciones estaban demudadas por el dolor cuando la miró. Y el miedo que sentía se convirtió en pánico al ver la culpa que inundaba esos hipnóticos ojos verdes.
Lali inspiró entre dientes.
Sin necesidad de preguntar siquiera, supo que de alguna manera él estaba involucrado en lo que le había pasado a ella.
Continuará... +15 :o

34 comentarios:

  1. Aaaaaaa!!!no la puedes dejar así,siguela por favor!!!!!!!

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  2. Otro capi pliis!!!!!!!!!!

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  3. DALEE BOLUDA ES AMORAL DEJARLO A SI ESTO NO SE HACE OSEA COMOOOO??????? NOPOR DIOS ME VA A DAR ALGO

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  4. MAS ENCIMA JUSTO LO TIENES QUE CORTAR AHI CUANDO SE VA A SABER LA VERDAD DE LO QUE LE PASO A LALI NO SE VALEEE

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  5. NECESITOOOO OTROOO CAPITULO PORFIIIS SI??? LO NECESITO URGENTE

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  6. SIENTO QUE CADA VEZ ESTO SE PONE MAS BUENO TODAVIA

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  7. +++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++

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  8. ME DIO RISA CUANDO PETER ENTRO A LIMPIAR AL CUARTO DEL VIEJITO AJAJAJJA

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  9. LA INFILTRACION A LA CLINICA FUE EPICA AAJAJJAJA MUY BUENAA

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  10. POR SI NO QUEDO CLARO QUIERO OTROOOO CAPITULO SORRY POR TANTO COMENTARIOS

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  11. :o. OMG ni lo puedes dejar ahí mas mas

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  12. recién término de leer todos lo que subiste s ayer y quiero más!

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  13. ayy me muerooo q pasooo
    mass maass maasss
    lali déjate llevar x lo q sentiiisss

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  14. Está enferma ? Como la dejas así

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  15. K fuerte!!!!!.
    X Dios estoy deseando un nuevo cap.

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