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jueves, 16 de abril de 2015

DIEZ



Los siguió al salón, donde los sofás de cuero que Luz le había ayudado a escoger formaban una ele. La mujer estaba en el centro de la estancia, con la vista clavada en los rascacielos de San Francisco, pero al cabo de unos segundos se volvió para examinar la habitación. No sabía qué estaba mirando, ni lo que buscaba, pero cuando se dio cuenta de que la mujer miraba las fotografías de Luz, de Agustín y de Mariana, su paciencia se agotó.
Luz le dio un tirón del brazo y le susurró:
—Papi...
Pero no le prestó atención.
—Dígame por qué ha venido, señora... ¿Cómo ha dicho que se llama?
Ella dio un respingo y se volvió hacia él, y a juzgar por cómo abrió los ojos, Peter supo que la estupefacción había desaparecido de su cara, reemplazada por el hielo que sentía en su interior. Un hielo que había erigido a lo largo de los años para poder sobrevivir.
Vio cómo la mujer hacía aparecer un escudo invisible, vio cómo sus ojos se endurecían, como si estuviera viendo a un desconocido. Como si la conexión que habían sentido en la calle nunca hubiera existido.
—Su mujer murió en un accidente aéreo hace unos cinco años, ¿es correcto?
Al ver que él no contestaba, ella añadió:
—Murió aquí, en San Francisco. ¿Es correcto?
—Ya parece conocer las respuestas. ¿Por qué ha venido? —repitió Peter.
—Hace año y medio me vi involucrada en un accidente tras el cual acabé en coma. —Alzó una mano y se frotó un punto de la cabeza—. Cuando me desperté en un hospital de Dallas no recordaba el accidente ni nada de mi vida anterior. Los médicos dijeron que el accidente afectó a mi memoria a largo plazo. Lo llaman «amnesia retrógrada». Me han dicho que me vi involucrada en un accidente de coche. Pero ya no estoy tan segura.
—¿Por qué no? —preguntó Agustín, que también la observaba con detenimiento.
La mujer lo miró.
—Mi marido murió en el avión que se estrelló hace unas cuantas semanas. Después del accidente, cuando revisaba algunos de sus documentos, encontré pruebas que sugieren que estuve en una clínica privada aquí, en San Francisco, durante ese coma, no en Tejas, como me habían hecho creer. Y que el coma duró casi tres años, no cuatro días. No estoy segura de por qué mintió mi marido ni lo que quiere decir todo esto, pero he venido a San Francisco en busca de respuestas. Ayer acudí a un abogado para que me aconsejara. La mujer me reconoció y me dijo que me parecía mucho a Mariana Lanzani. —Miró a Peter—. Su esposa.
A Peter le daba vueltas la cabeza y el corazón le atronaba los oídos. La historia era ridícula. Una locura. Imposible que fuera verdad.
—¿Cómo se llama la abogada? —quiso saber Agustín.
—Candela Vetrano.
Agustín miró a Peter. Sabía lo que Agustín estaba pensando. Pero no podía ser ella. Sí, se parecía muchísimo a ella, pero una vez superada la estupefacción inicial se daba cuenta de que no era la misma. La nariz de Mariana era distinta, y sus mejillas no eran tan afiladas. La madurez podía cambiar el rostro de una persona, incluso un poco su forma, pero no la estructura ósea. Además, Mariana estaba muerta. Murió en el accidente aéreo. La enterraron. Daba igual que nunca recuperasen el cuerpo. Nadie sobrevivió al accidente.
—Cande cree que puede ser Mariana —repitió Peter—. Por eso ha venido.
—No. No del todo. De hecho, no sabe que he venido. Me dijo que no viniera, pero yo... —Se mordió el labio y rebuscó en el bolso. Miró a Luz, que estaba de pie junto a Peter, y el instinto protector se apoderó de él, instándolo a pegar a su hija contra su costado. Con dedos temblorosos, la mujer le ofreció una fotografía—. Encontré esto en una caja de seguridad en mi casa.
A regañadientes, Peter cogió la foto. La miró. Y tuvo la sensación de que se abría un agujero bajo sus pies.
Luz puso los ojos como platos al ver la foto que él tenía en la mano.
—Soy yo.
Peter levantó la cabeza. Cuando la mujer miró a Luz y se apartó el pelo detrás de la oreja, atisbó una marca de nacimiento rosada justo por debajo de la oreja izquierda, allí donde se unían el cuello y el mentón. Un corazón invertido. En otro tiempo besó, lamió y mordisqueó esa marca tantas veces que la conocía como si fuera suya.
La esperanza estalló en su pecho. Era ella. Estaba viva. Era...
Hizo ademán de abrazarla. Ella retrocedió para alejarse de sus manos, y cuando sus ojos se encontraron, Peter por fin comprendió lo que no veía en su mirada: reconocimiento y amor. Solo había vacío y desconfianza.
Su reacción en la calle lo golpeó con fuerza. Y la esperanza se vio apagada de golpe por un jarro de agua fría.
«Accidente. Amnesia retrógrada... Viva.»
Sintió cómo la bilis le subía por la garganta. La habitación se le cayó encima tal como sucedió el día de su entierro, cuando la realidad de haberla perdido para siempre lo golpeó como una tonelada de ladrillos.
Sin embargo, no la había perdido. Estaba allí. Era real. Daba igual lo que había sucedido para que su aspecto cambiara, algo permanecía invariable. Estaba viva. Jamás se había subido a ese avión. Llevaba en San Francisco todo ese tiempo y nunca la había buscado. Nunca se le había ocurrido buscarla.
No conseguía respirar. La fotografía cayó al suelo, a sus pies. Tenía que alejarse de ella. Tenía que alejarse de todos ellos antes de perder los papeles por completo.
Salió de la estancia. No sabía adónde leches iba. A su espalda escuchó que Agustín mascullaba:
—Esto... denos un momento, ¿vale?
Consiguió llegar a la cocina. Apoyó las manos en el frío mármol de la encimera, agachó la cabeza y se concentró en respirar. Inspirar y espirar. Inspirar y espirar. Rezó para que eso aliviara el lacerante dolor que sentía en el pecho.
«Que no se te vaya la pinza. Mantén la calma por Luz», se ordenó.
Cerró los ojos y contuvo las lágrimas. De todas las posibilidades que había imaginado a lo largo de los años, esa no se le había pasado por la cabeza. En todas ellas, al menos en las que estaba viva, Mariana se había emocionado al verlo tanto como se emocionaba él. Pero esa mujer, la tal Lali Amadeo, no lo conocía. No corría hacia sus brazos. No le estaba declarando su amor. Se había quedado allí plantada, mirándolo como si fuera... cualquier persona.
Y había dicho que tenía un marido. El dolor lo atenazó hasta tal punto que le costaba muchísimo respirar. Se había casado de nuevo. Su vida había continuado mientras que él se había quedado anclado en el tiempo, dejando que su recuerdo fuera lo único que lo ayudaba a vivir un día tras otro.
—Peter.
Agustín. Joder, debería haber sabido que Agustín lo seguiría.
No se volvió, era incapaz de enfrentar la mirada de Agustín.
—No nos reconoce —dijo, en cambio.
—No, no nos reconoce. No tiene por qué ser ella.
—Es ella. Ya has visto cómo se ha pasado la mano por el pelo. Y tiene la misma marca de nacimiento cerca de la oreja. —Se le quebró la voz—. Es Mariana.
—No lo sabemos.
—Yo lo sé. —Por fin se volvió hacia Agustín—. Yo lo sé. Lo supe en cuanto la vi.
—Es posible. Pero las probabilidades son escasas. Mira, admito que se parece a ella. Dios. —Agustín se frotó la barbilla—. Y su historia... En fin, podría cuadrar. Pero no lo sabemos con seguridad. Podría ser una loca que quiere dinero. Peter, supongo que no tengo que recordarte que eres casi un famoso. Eso atrae a toda clase de psicópatas. No sabemos que sea ella. Se pueden hacer varias pruebas. Se pueden tomar muestras de ADN, de mí, de Luz.
—Da igual. Los dos sabemos que es ella, quieras admitirlo o no.
—Tengo que estar seguro del todo.
Peter volvió a cerrar los ojos. Agustín estaba muy apegado a la ciencia, lo veía todo en blanco y negro. Pero esa situación estaba llena de matices de gris.
—No nos reconoce —repitió.
—Peter, no te hagas esto. Todavía no. Esperemos a ver qué averiguamos. Todo podría ser una enorme coincidencia.
Peter miró la cocina. Hacía unos minutos, estaba a punto de prepararle la cena a Luz. Había pensado enseñarle fotos del nuevo Jaguar que Melodi lo había convencido de comprar. Después, se sentaría con ella para ver una película. Incluso la iba a dejar que escogiera una de las pelis de Indiana Jones que ya habían visto cientos de veces. En ese momento... en ese momento no tenía ni idea de qué hacer.
—Tengo que salir de aquí. Tú... encárgate tú de todo. Dile lo que quieras. Aceptaré lo que decidas.
—Peter...
—Necesito unos minutos, Agustín —le soltó.
No soportaría mirar de nuevo sus ojos vacíos, saber que no lo recordaba, ni a él ni todo lo que habían compartido. Se veía incapaz de soportar el dolor. Un dolor que ya había soportado tanto tiempo atrás. Un dolor que volvía a tragárselo entero una vez más.
            Abrió la puerta trasera y se marchó antes de que Agustín pudiera impedírselo.

Continuará... + 15 :(

22 comentarios:

  1. Noooo porq se fue era q se quede ademas porque agustin no le mostró la foto de lali y tomas porfa me volví adicta a la nove subi mas siiii 😊

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  2. Porque???? :(((( me da pemita peter :'(

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  3. Me da rabia que benjamin no pueda pagar por todo lo que le hizo a lali y peter

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  4. Si bien esta muerto deberia estar en la carcel pagandoo todo y sufriendo por imnbecil

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  5. Ojala que lali logre recuperar su memoria

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  6. Ahora falta que peter se entere que tiene un hijo osea que su hijo esta vivo y ahi todo calzaria

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  7. Peeerooo mi duda es como es que benjamin llega a la vida de lali sera alguien em su pasado o que?? Ahiii necesito otro caap

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  8. Pobres de los chiquis una que au madre vuelve de la "muerte" y al itro se le muere el padre falso y ya tiene al verdadero por conocer me da penita esto ;((

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  9. Me dan penita ellos ireeee a comer cuando vuelva espero que este el proximo cap

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  10. ya quiero otro capitulo!!

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  11. ++++++++++++++++++++++++++++++++++

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  12. no entiendo....... como lali conoce a benjamín o como se casaron si ella estuvo en coma???

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  13. K duro para Peter.
    Agus parece en este momento más centrado ,pero escéptico.

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