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domingo, 19 de abril de 2015

TREINTA Y CINCO



Lali movió los dedos y estiró los pies. No recordaba la última vez que se había sentido tan relajada, tan saciada y tan tranquila. Sentía todos los músculos del cuerpo extenuados y fortalecidos al mismo tiempo.
Miró a Peter y esbozó una sonrisa. Tenía la cabeza apoyada en su pecho, con el brazo por encima de su cintura, y sus piernas estaban entrelazadas. Ni dormido quería soltarla. Le enterró los dedos en el pelo y sintió los sedosos mechones contra la piel. Jamás se había sentido tan deseada, ni querida, como en las últimas horas.
Habían hecho el amor dos veces más antes de que Peter la pegara por fin a su cuerpo para dejarse vencer por el sueño. La lluvia golpeaba los cristales y las olas rompían con fuerza contra la orilla, pero, en el refugio de su casita, se sentía cálida y protegida. Y, de momento, feliz.
Los niños seguían con sus padres, el teléfono estaba desconectado y la pesadilla que era su vida había quedado relegada al fondo de su mente. Ya pensaría sobre eso más tarde. En ese preciso instante, solo quería disfrutar del momento, por si no duraba.
—Para —dijo Peter sin moverse.
Dejó de acariciarle el pelo.
—¿No te gusta lo que hago?
—No, eso me encanta, sigue haciéndolo. Pero deja de pensar.
Su sonrisa se ensanchó.
—¿Cómo sabes lo que estoy pensando?
—Nena, casi puedo oír los engranajes de tu dura cabeza.
—De eso nada —repuso con voz cantarina—. Y no es tan dura.
Una carcajada brotó de la garganta de Peter, una que resonó en su pecho cuando él le acarició un pecho con la nariz.
—Si dices que ha sido un error, voy a tener que hacerte el amor hasta que dejes de pensar.
—No voy a decirlo.
—No, pero lo estabas pensando.
—Claro que lo estaba pensando. Soy una mujer muy lista.
Con una sonrisa, él le subió una mano por el muslo y tocó un punto de presión en su cadera. Ella se echó a reír e intentó zafarse de sus dedos.
—Bueno, estabas avisada. —Trazó un sendero de besos por su pecho hasta llegar al cuello. Sus cálidas manos le acariciaron los pechos. El deseo volvió a correrle por las venas.
—Eres insaciable, lo sabes, ¿verdad? —le susurró mientras los labios de Peter le recorrían la oreja.
—Pero en el buen sentido.
No pudo contener la carcajada. No sabía que pudiera sentirse tan relajada con él. No había esperado la ternura que le inundaba el pecho cada vez que él la besaba.
La colocó de costado, le pasó la mano por un hombro y bajó por su brazo hasta que sus dedos se entrelazaron. Peter se llevó su mano a los labios y le besó los dedos uno a uno. La emoción provocada por ese gesto tan dulce, tan tierno, se convirtió en un escalofrío.
Dejó que sus dedos acariciaran la cicatriz que Peter tenía en el mentón.
—¿Cómo te hiciste esto?
—Agustín.
—¿Cómo?
—Nos peleamos.
—¿Por qué?
—Por ti.
Recorrió la cicatriz, palpando la piel arrugada.
—¿Por qué?
—No sé muy bien cómo decirlo, pero en la universidad era un poco... —Dejó la frase en el aire como si estuviera avergonzado—. En fin, salía con muchas chicas.
Lali fue incapaz de contener la sonrisa. Era un mujeriego.
—Como Agustín.
Peter se echó a reír.
—Sí. Seguramente por eso nos hicimos tan buenos amigos. La cosa es que tú y yo acabábamos de empezar a salir y fuiste a uno de mis partidos. Agustín y yo jugábamos al...
—Béisbol —terminó por él—. Y Agustín nos vio juntos y se enojó tanto que lo expulsaron del partido.
—¿Cómo lo sabes?
—Agustín me contó la historia. Pero no me habló de la cicatriz. Me dijo que te pegó un puñetazo cuando saliste del club.
Peter esbozó una sonrisa torcida.
—Lo hizo. Mierda, estaba tan enojado. Y tú... tú estabas todavía más enojada.
—¿En serio?
—Sí. Dijiste que nos estábamos comportando como niños. De hecho, no fue muy distinto a lo que dijiste después de la conferencia de prensa de ayer.
Volvió a acariciarle la cicatriz.
—¿Cuántos puntos te pusieron?
—Cuatro. Sabía que Agustín tenía razón. Tenía todos los motivos del mundo para estar molesto conmigo. Quise romper contigo esa noche. Pero te vi en el porche de tu hermandad y vi lo preocupada que estabas por mí y...
—¿Y qué?
—Y me enamoré de ti. Caí con todo el equipo.
El corazón le dio un vuelco al escucharlo. Se imaginaba la escena. Ojalá pudiera recordarla.
—¿En serio?
—Sí. Además, tampoco vino mal que me llevaras de vuelta a tu apartamento, me mimaras y me besaras las heridas.
Se echó a reír y miró sus manos entrelazadas. Rozó con la punta de los dedos la alianza de platino con filigrana de oro que llevaba Peter.
—¿Por qué la llevas?
—Porque estoy casado.
—La llevabas cuando nos conocimos. Entonces no sabías que seguías casado.
—Siempre la llevo. —Peter deslizó los dedos por los suyos.
—¿La has llevado todo este tiempo?
—Sí. ¿Te sorprende?
Movió la cabeza mientras intentaba reprimir unas emociones que no podía definir.
—¿Por qué? Han pasado cinco años.
—Porque me casé, una vez, para lo bueno y para lo malo. Para siempre. Encontré a la mujer con quien quería pasar la vida. No tengo intención de casarme con nadie más.
—¿Preferirías quedarte solo? ¿Y si hubieras conocido a alguien?
—He conocido a un montón de mujeres. Nadie se te acercaba siquiera.
—Peter. —Las emociones la embargaron. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Bajo esa tierna mirada, su corazón amenazaba con salírsele del pecho.
Peter le dio un apretón en los dedos y le miró la mano izquierda.
—Me he dado cuenta de que te has quitado la tuya.
Ella siguió su mirada.
—No era mi marido. En cuanto supe la verdad, no soportaba llevarla.
Él se llevó la mano a los labios y besó sus dedos desnudos.
—Ojalá supiera qué le pasó a tu alianza. Tengo que buscarte otra.
Vio la determinación de sus ojos y el estómago le dio un vuelco en respuesta. En su cabeza sonó una alarma. No estaba preparada para eso. Ni siquiera estaba segura de que alguna vez lo estuviera. Intentó sentarse.
—Peter...
Él se inclinó sobre ella y le dejó un reguero de besos en los labios con la sonrisa más traviesa del mundo.
—No lo hagas.
—¿El qué?
—Pensar. No quiero que te preocupes del día de mañana ni del siguiente. No quiero que disecciones todo lo que digo. Solo quiero que sientas.
Peter descendió por su cuello, mordisqueándole la piel. Ella se dejó caer contra la almohada y cerró los ojos. Sus manos le acariciaron el cuerpo, recorrieron todas sus curvas, y ella se quedó sin aliento. El deseo volvió a apoderarse de ella cuando sus habilidosos dedos se centraron en su entrepierna. La pasión creció en su interior con cada tierna caricia.
No podía negar la atracción que sentía por él en lo más profundo de su alma. Trascendía lo físico, trascendía la atracción ciega. Era algo mucho más profundo, era muchísimo más real de lo que había esperado o de lo que había vivido jamás.
Y la aterraba más de lo que quería admitir. La idea de que pudiera ser amor, cuando había transcurrido tan poco tiempo desde que lo conoció, le humedecía las manos y le desbocaba el corazón. Era imposible que fuera eso lo que estaba sintiendo.
Peter se colocó entre sus piernas y la besó mientras la penetraba. Y el corazón le dio otro vuelco mientras lo abrazaba con fuerza, mientras abría sus labios, su cuerpo, su alma y su mente a ese hombre.
—¿Estás pensando? —le susurró él al oído.
—No, desde luego que no.
Sus lentas y rítmicas embestidas le arrancaron un suspiro. Alzó las caderas para salir a su encuentro, le acarició la espalda con las manos, deleitándose con la textura de su piel, deseando memorizar cada músculo, cada recoveco de su cuerpo.
Lo sintió sonreír contra su oreja.
—Bien. Quiero que tengas la mente en blanco cuando te diga que te quiero.
Se tensó de los pies a la cabeza.
—Peter...
—Te quiero —repitió él en voz baja al tiempo que salía de su cuerpo despacio para volver a penetrarla hasta que le arrancó un jadeo—. No puedo fingir que no es verdad. Lo que quiero de ti está en lo más profundo. Está ahí te llames Mariana o Lali. Está ahí me recuerdes o no.
—Es una locura —susurró.
Peter esbozó una sonrisa torcida antes de besarla de nuevo. Antes de salir y penetrarla de nuevo.
—No. Una locura sería negar la realidad. No espero que me correspondas, al menos no de momento. Solo quería que supieras que está ahí. Que siempre está ahí.
Le acarició los mechones que le rozaban la nuca y lo acercó a ella. Lo besó con frenesí mientras hacían el amor. Tenía las palabras en la punta de la lengua, pero el miedo hizo que se las tragara. El miedo por lo que sucedería a plena luz del día. El miedo por lo que él sentiría cuando la conociera mejor. Si se permitía enamorarse de él por completo y él se despertaba un día y se daba cuenta de que ella era distinta a la mujer que recordaba, no estaba segura de que su corazón sobreviviera al golpe.
Y no podía entregarse por entero a él hasta estar convencida de que era lo que él quería de verdad.
Esa noche, sin embargo, podía fingir que el mañana no existía. Tal vez no pudiera darle las palabras, pero sí podía demostrarle lo que sentía.
Le tomó la cara entre las manos, lo besó con pasión y lo instó a colocarse de espaldas.

—Déjame amarte, Peter.
Continuará... +15 :D

20 comentarios:

  1. Me encantoooo! Masssss

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  2. aaaaaaaaaaaaaa
    que lindos estoy tan emocionada
    quiero MAS nove

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  3. Solo quería que supieras que está ahí. Que siempre está ahí.
 mori con esa parte es muy LALITER :,(

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  4. Hermosos, buenisima novela !! Besos

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  5. maaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaasssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss

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  6. —Déjame amarte, Peter.
    LA PUTA MADRE MORIIIIIIIIII NECSITOOO OTRO MAS MAS MAS

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  7. OJALA QUE LALI PUEDA RECORDAR PORFAAAVOR DIOOOS ASJHSKJHFKJFHKJFJSFN NECESITANDO DE OTRO CAPITULO MAS PORFUUUSSS

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  8. —. No puedo fingir que no es verdad. Lo que quiero de ti está en lo más profundo. Está ahí te llames Mariana o Lali. Está ahí me recuerdes o no.
    MIL MANERAS DE MORIR Y ESTA
    LO AMOOOO

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  9. NO VOY A PARAR DE DECIR QUE ME ENCANTA ESTA NOVELAAA LA MEJOR

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  10. sube otro siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

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  11. K Lali se de la oportunidad d amarlo x completo ,ahora mismo tiene una lucha interna consigo misma.

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