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domingo, 19 de abril de 2015

TREINTA Y SIETE



—¿Qué haces?
Lali, que estaba sentada en el suelo del salón, dio un respingo antes de volverse hacia la escalera. Peter la miraba desde el último peldaño, vestido tan solo con unos vaqueros desgastados de cintura baja. Iba descalzo, tenía los ojos hinchados por el sueño y el pelo, alborotado como si acabara de salir de la cama.
Lali se llevó una mano al pecho.
—Me has asustado.
Peter entró en la estancia.
—¿Esperabas a otra persona?
El sol de la mañana se reflejó en su pecho desnudo. La imagen le provocó un hormigueo, ya que recordó que había trazado esos músculos con los dedos y con los labios.
—¿Lali?
Tras apartar la vista de ese magnífico cuerpo masculino, lo miró a los ojos y se percató de su expresión socarrona.
—¿Qué?
—¿Estás bien?
—Perfectamente. —Se volvió hacia el montón de revistas que había estado ojeando, y se mordió el labio mientras se ponía colorada. Se suponía que el sexo saciaba los instintos, en vez de convertir a las personas en adolescentes salidos.
Peter se sentó en el suelo a su espalda, y estiró las piernas, que quedaron a ambos lados de las suyas. Su cuerpo irradiaba calor. Lali se estremeció, deseando que la tocara, deseando que esas manos la acariciaran como lo hicieron la noche anterior. Al sentir que la aferraba de la cintura, inspiró hondo y sonrió justo cuando la besaba en la nuca.
Eso era lo que deseaba. ¡Mmmm! Pero si seguían así, jamás acabaría de ojear las revistas.
—Esta es mi camisa —comentó él al tiempo que introducía las manos bajo la tela y buscaba sus pechos desnudos—. La he estado buscando.
El deseo hizo que se mojara al instante. Peter le pellizcó un pezón, provocándole una sensación abrasadora. Lali tragó saliva.
—Lo siento. He cogido lo primero que he encontrado.
Peter rio entre dientes y ella sintió la vibración de su torso.
—¿En el despacho? ¿Al otro lado del pasillo? Creo que aterrizó allí cuando me la arrancaste anoche.
Lali contuvo una sonrisa al rememorar la noche pasada. Jamás se había mostrado tan agresiva y tampoco sabía que pudiera ser tan apasionada. Cerró los ojos para disfrutar de los mordiscos que Peter le estaba dando en el cuello y de las caricias de sus manos en los pechos.
—Es suave. Y huele de maravilla. Si la quieres, te la devuelvo ahora mismo.
—Pues sí —murmuró él contra su piel. Una de sus manos descendió hasta una cadera y siguió moviéndose hasta detenerse entre sus muslos—. No me gusta despertarme y encontrarme solo. Te quiero de vuelta en mi cama.
Sus dedos la acariciaron con exquisita suavidad, sin apenas rozarla. La excitación le provocó un escalofrío.
—Creo que es mi cama, no la tuya.
—Un detalle sin importancia. De todas formas, ¿qué haces aquí abajo?
Lali devolvió la mirada a las revistas esparcidas frente a ella, e intentó no gemir cuando sus dedos le rozaron el clítoris. Peter debía de ser consciente de lo mojada que estaba aun a través del fino tejido de las bragas—. No podía sacarme la conversación con el doctor Murphy de la cabeza.
—Nena, no...
—No, no es eso. Dijo que recordaba haber leído algo en un artículo sobre el Tabofren. Peter, yo también lo he leído.
—¿Ah, sí? —Peter alejó la mano de su entrepierna y cogió una de las revistas.
Lali intentó no sentirse decepcionada por el hecho de haberlo distraído hasta el punto de que dejara de acariciarla. Al fin y al cabo, descubrir lo que le había pasado era más importante que echar un buen polvo. Aunque en ese momento, o más bien en cualquier momento, le parecía muchísimo más divertido un buen polvo.
—Sí. Lo recuerdo porque me pareció un estudio pionero. Sé que está aquí, en algún lado. —Arrojó la revista que había estado leyendo al montón del suelo y cogió otra de la mesa auxiliar.
—¿Por qué tienes todas estas revistas?
—McKellen Publishing edita varias revistas científicas, incluyendo algunas médicas. De vez en cuando las ojeo, si lo que llevan en portada me atrae. Sé que lo he visto en algún lado. —Echó un vistazo por el salón. El suelo estaba lleno de revistas. Ya había ojeado todas las que tenía en su casa. Se puso en pie—. Tengo que ir a la editorial hoy mismo.
Peter se levantó.
—Ni hablar.
Nada más mirarlo, se percató de la preocupación que asomaba a sus ojos. ¿Por qué tenía la impresión de que le estaba ocultando algo otra vez?
—Peter, no me pasará nada. Puedo consultar la base de datos desde mi despacho de la editorial. Así encontraré el artículo que estoy buscando. Necesito encontrarlo.
—No quiero que vayas. No hasta que sepamos quién está detrás de todo esto.
Discutir sobre el tema no iba a ayudarla. Peter era un hombre testarudo, dominante, y estaba demasiado bueno ahí de pie en su salón como para empezar a discutir con él.
Tras morderse el labio, le colocó las manos en el pecho y alzó la vista.
—Podrías venir conmigo.
Peter le cubrió las manos con las suyas.
—Así no vas a convencerme.
Ella se acercó más, se puso de puntillas y le dio un delicado beso en los labios.
—¿Por qué no?
—Porque no soy tan fácil de convencer.
Ella se echó a reír y dejó un reguero de besos por su mentón de camino a una oreja, al tiempo que se pegaba más a él. Cuando lo escuchó contener el aliento supo que estaba consiguiendo seducirlo. En ese momento, Peter la abrazó y la besó en el cuello, haciendo que se le contrajeran los músculos del abdomen. Sintió el roce de su erección en la cadera.
—Te devolveré la camisa si me acompañas —le dijo al oído.
Peter la instó a caminar hacia atrás hasta que se chocó contra el sofá. Sus dedos le subieron la camisa con destreza y se la pasaron por la cabeza. La prenda aterrizó en el poste de la barandilla de la escalera. Acto seguido, Peter la instó a darse media vuelta y a inclinarse sobre el brazo del sofá.
—Creo que voy a conseguir mi camisa, te acompañe o no —le dijo.
Lali jadeó y se estremeció cuando volvió a sentir sus labios en el cuello y la caricia de su mano entre los muslos. Después, suspiró cuando comenzó a avivar el fuego que ardía en su interior, haciendo que se olvidara de todo menos de él.
 
Lali se puso las gafas de sol mientras bajaba del Jaguar de Peter. Lo esperó un buen rato en la acera, con el ceño fruncido, mientras él aparcaba. Había estado demorando el momento de acompañarla toda la mañana, como si no quisiera ayudarla.
Había perdido tiempo preparándole el desayuno, la había convencido para que se diera una ducha larga y calentita mientras él la lavaba... usando las manos y la lengua. Y después la había convencido de que debía detenerse en su casa para cambiarse de ropa y ver a los niños antes de marcharse. Ya era cerca de mediodía. Aunque no pensaba quejarse en absoluto, estaba muerta de la impaciencia por encontrar ese artículo. Y el paso de tortuga de Peter la estaba poniendo de los nervios.
—Eres peor que una mujer.
Peter se guardó la llave en el bolsillo.
—No empieces. Tengo un mal presentimiento sobre todo esto.
De acuerdo, estaba preocupado, pensó ella. Algo comprensible. Aun así, ¿por qué tenía la impresión de que en el fondo había algo más? Desterró ese pensamiento mientras aceptaba su brazo y echaban a andar hacia el edificio.
—Vamos. Solo será un momento. Nadie se enterará de que hemos venido.
La redacción era un hervidero de actividad cuando salieron del ascensor y llegaron al piso del despacho de Lali.
—Lali, has venido, gracias a Dios. —Jill salió de detrás de su mesa con un puñado de notas en la mano—. El teléfono no ha parado de sonar desde el lunes por la mañana.
«Genial», pensó ella, que miró a Peter.
—Jill, te presento a Peter.
Él evitó hacer cualquier comentario sobre el piercing de su asistente. O sobre el montón de tatuajes que la veinteañera llevaba en los brazos.
—Hola —se limitó a decir.
La mirada de Jill volaba de Lali a Peter una y otra vez. Cuando por fin lo reconoció, abrió los ojos de par en par y esbozó una sonrisa bobalicona.
—Ah, hola —lo saludó la chica.
—Entra, Peter. Solo tardaré un minuto —dijo Lali, haciéndole un gesto para que entrara en su despacho.
Cuando Peter se fue, Jill preguntó:
—¿Es quien creo que es?
—Sí.
—¿De verdad es tu marido?
—Eso parece. Les echaré un vistazo a los mensajes. —Le quitó las notas de la mano a Jill.
—¡Ah! —exclamó la chica, que por fin logró apartar la mirada de Peter. Él ya estaba en su despacho—. Ramiro te está buscando.
—¿Cómo sabe que estoy aquí?
—Las noticias vuelan. Cariño, te has convertido en toda una celebridad. Además, si vas a todos lados con Peter Lanzani, la gente empieza a murmurar.
—Genial —replicó Lali entre dientes al tiempo que se dirigía a su despacho—. No voy a quedarme mucho rato. Solo necesito comprobar una cosa. Me llevaré trabajo a casa, pero si alguien pregunta por mí, no estoy en la oficina. ¿Entendido?
—Claro. Oye, Lali...
Ella se detuvo con una mano en la puerta.
—¿Es tan bueno como aparenta?
Lali fingió que la pregunta la asqueaba.
—No tienes remedio. —Y, después, añadió con una sonrisa—: No es bueno, es mejor.
Peter estaba observando las fotos de su estantería cuando ella entró.
—No es tan grande como tu despacho —comentó ella mientras cerraba la puerta.
—¿Dónde hiciste esta? —Cogió una foto de Tomás jugando en la arena.
—En el golfo. Le encanta la playa.
Cuando se volvió para mirarla, lo hizo claramente emocionado. Y por primera vez desde que lo encontró, comprendió que Peter también había perdido mucho tiempo.
—Tengo más fotos en casa. Si quieres, te las enseño.
Lo vio esbozar una sonrisa. Sin embargo, sus ojos tenían una mirada distante, como si estuviera ocultando algo.
—Me encantaría. —Antes de que pudiera preguntarle si le pasaba algo, Peter cambió el tono de voz—. ¿Por dónde empezamos?
Lali se acercó a una estantería situada en el otro extremo del despacho y sacó unas cuantas revistas médicas.
—Tú échales un ojo a estas mientras yo miro en la base de datos en mi ordenador.
Peter se sentó en una silla al otro lado de su mesa y cogió unas cuantas revistas. Ella comenzó a ojear páginas en el monitor. El único sonido que se escuchaba era el murmullo de las voces al otro lado de la puerta.
—¿Lali? —dijo la voz de Jill en el silencio a través del intercomunicador—. Te aviso de que Ramiro va de camino.
En ese momento, se abrió la puerta de su despacho y Ramiro Ordoñez entró sin llamar.
—¿Me estás evitando? —le preguntó.
Lali se puso de pie. Peter también lo hizo al tiempo que observaba con recelo al editor general. Era obvio que lo había reconocido del día que fue a hablar con ella y descubrió la existencia de Tomás. Su plan de evitar a todo el mundo en el despacho se fue al traste.
—Ramiro Ordoñez —dijo, haciendo las presentaciones—, Peter Lanzani.
—¡Por Dios! —exclamó Ramiro—. Es cierto.
—No voy a quedarme hoy. Sé que están muy ocupados, así que me iré ahora mismo. Solo he venido a buscar una cosa.
—¿El qué?
—Un artículo sobre un fármaco para el cáncer que han estado probando en Canadá.
Ramiro se quedó blanco.

—¡Maldición! —Peter rodeó a Ramiro y cerró la puerta del despacho. Después, miró a Lali—. Creo que acabamos de encontrar el eslabón que nos faltaba.
Continuará... +15 :O!!

23 comentarios:

  1. La mujer de ramiro también está en peligro :O

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  2. +++++++++++++++++++++++++++++++

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  3. Me encanta la nove, genia!!!

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  4. Y aqui es donde todo se une ..... Mas capirulos!!! Impacienciaaa jajajajaj

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  5. Me encantaaaa la intriga

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  6. La trama me tiene por completo enganchada, sigueee!

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  7. Muero por saber que va a pasar...subí otro por favor

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  8. Tengo que seguir estudiando, pero la intriga de saber que pasará me puede más

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  9. Sube otro por favooooooooooooooooooooooooooor!!

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  10. maaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaas

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  11. A la P....
    Esta nove esta tan jdkskskksks me tiene taan intrigada!!!!
    Ya quiero saber que paso...
    Esta relaciónado con todo..
    Woaaaa a

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  12. Me temo k una d las personas no tachadas ,sea Valeria ,y k esta sea esposa d Ramiro.

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